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jueves, 10 de octubre de 2013

Árbol torcido


Composición surrealista de Jeffrey G. Batchelor



“Árbol torcido”



Facundo Santos era tan mujeriego que al jugar ajedrez, después de haber hecho gala de una técnica inaudita y una capacidad de análisis digna del mismísimo Capablanca; llevaba el juego precipitadamente a tablas o volcaba patéticamente su rey sobre el tablero y se marchaba, con una sonrisa en los labios, ante el asombro de aquellos que no alcanzaban a comprender que la razón de tan absurdo desenlace era tan simple como insospechable; porque el objetivo de Facundo Santos nunca era el rey enemigo, sino la reina.  

Solíamos verlo cada tarde, flotando sobre el aire vespertino que desbordaba el parque, siempre verde y perfumado de azucenas; en cuyo extremo norte se hallaba la Academia de Bellas Artes.

Facundo aparecía siempre a la misma hora, cercana a las cinco; en que los adoquines sobre los múltiples senderos que conducían a la Academia resonaban bajo el golpe rítmico de un centenar de pasos, la inmensa mayoría de los cuales eran dados por tiernos, esbeltos, torneados y simplemente adorables pies femeninos.

Entonces, Facundo se zambullía en un torrente de cabellos perfumados y labios rebosantes de carmín. Su andar lento, su aspecto soñador, la expresión de su rostro de seño levemente fruncido y parpados entrecerrados, parecía revelar la fruición con que su alma era cautivada por la música que, con frecuencia, le desbordaba los oídos.

Desde el día en que su madrina, animada por la idea de hacerle un regalo digno de su vigésimo cumpleaños; tuvo el acierto de obsequiarle la reproductora, Facundo jamás se separaba de su preciado juguete y para cada hora, cada pensamiento y cada sensación, parecía tener una melodía apropiada; una especie de himno que lograra perpetuar la dimensión de cada instante de su vida.

Pero nunca la música le parecía tan grata como en aquellas tardes junto a la Academia, cuando se dejaba llevar por una fuerza interna que lo arrastraba a través de la muchedumbre, siempre contrario a la corriente; entonces Paganini, Berliotz, Mozart o Vivaldi hacían de sus caprichos, tocatas o fugas, el tema de fondo de una escena, digna del más exquisito espectador, en que un depredador implacable e infalible elegía su presa, la acosaba, jugueteaba con ella, la sumía en el más profundo hipnotismo y después, se la llevaba en vuelo, pero nunca entre las garras, sino levitando a su lado, sumida en el más absoluto y profundo trance que pudieran engendrar sus propias emociones.

Facundo era insuperable. Un genio de la seducción. A pocos meses de haber comenzado el curso en la Academia, no había una sola chica hermosa que pudiera jactarse de haber resistido su asedio.

Facundo no solo era bien parecido, a su rostro agraciado y su figura atlética se sumaban una basta cultura, un gusto exquisito, un abrumador poder de convicción y un dominio de la retórica que aun Séneca hubiera envidiado. Además, a juzgar por el estado de languidez melancólica en que quedaban sus favoritas de ayer tras una súbita - y por ende inesperada - ruptura de relaciones, Facundo era un amante insaciable y un experto en lo que a técnicas amorosas se refiere, lo cual era corroborado con lujo de detalles en cada una de las múltiples anécdotas que germinaban a su alrededor.

Los pocos hombres que frecuentaban la Academia, ya fueran profesores o alumnos, miraban a Facundo con una mezcla de admiración y envidia. En torno a él eran frecuentes las bromas lascivas y comentarios de venenoso tinte verde.

Los chicos le inventaban apodos que iban de risueños a ofensivos, le dedicaban coplas y caricaturas, se equivocaban deliberadamente al pronunciar su nombre, llamándole Fecundo o, al escribirlo, utilizaban la grafía Fuck-undo. En aquellos tiempos se hizo popular la frase “De santo no tiene nada”, haciendo alusión a su apellido. Mas, todas estas manifestaciones humorísticas, se llevaban a cabo a espaldas de su protagonista y con sumo cuidado de no revelar al autor o autores de las mismas porque Facundo, a pesar de su buen sentido del humor, no admitía bromas en torno a un tema tan serio y para él de tan vital importancia, como las relaciones amorosas. Pudiera decirse que la promiscuidad era para Facundo una especie de vocación, una tarea que requería de toda su dedicación y profesionalismo, un credo, una misión...

Más que por el impulso libidinoso y egoísta de satisfacer los reclamos de su juventud, Facundo era motivado por la posibilidad de hacer feliz a una mujer y no importaba si el idilio habría de durar tan solo un par de semanas o incluso unas pocas horas porque aun la vida es corta, no obstante vale la pena vivirla.

Para Facundo Santos, el placer de una mujer era la mayor de las bendiciones. Verla sonreír, sentir que su respiración se acelera al ritmo de la sangre que le cubre de rubor las mejillas, verla romper las sabanas de puro placer, oírla gritar, bendecir o blasfemar en el momento culminante, en que son lícitas todas las palabras y aceptables todas las expresiones ya sean verbales o corporales - incluyendo las mordidas y los arañazos - como si se tratara de las caricias más tiernas.

Las espaldas de Facundo parecían las de un reo en galeras, mas no había en toda la ciudad una persona más feliz.

Es por esta razón que en el día, para muchos inolvidable, en que Teresa Lares hizo su aparición en la Academia, todos los ojos se clavaron a una vez en la silueta espartánica de Facundo Santos, que leía sus versos favoritos sentado en el alfeizar de una ventana.

Su aspecto retraído y la actitud de profunda concentración con que dejaba correr la vista sobre las páginas del libro, inducían a pensar que Facundo no vio pasar a Teresa a través del amplio salón donde, por unos instantes, se hizo un silencio tan absoluto que el vuelo de una mosca habría retumbado como el batir de alas de un dragón.

Mas, algo recóndito e inexplicable, insinuaba a cada cual que semejante lobo no dejaría pasar inadvertida tan deliciosa liebre; porque cabe decir que Teresa Lares era una mujer tan excepcionalmente hermosa, que la inmensa mayoría de los presentes no recordaba haber visto en su vida otra semejante.

Tales sospechas se vieron confirmadas cuando veinte minutos más tarde, Facundo fue visto junto al mostrador de la cafetería, justo detrás de Teresa que lo miraba de reojo mientras tomaba en sus manos una taza de café y a continuación se fugaba entre las mesas, esquivando bandejas y codazos, mientras Facundo le pisaba los talones, como un sabueso, quemándose las manos con una taza de té verde y los ojos fijos en las generosas caderas que al andar similaban las oscilaciones de un péndulo adosado al mecanismo de su corazón.

Todos sabían que aquel encuentro era inevitable y que debía ser tan espectacular y memorable como la explosión de una supernova, mas entonces sucedió lo inesperado... Nadie sabe de dónde salió Jaime Chang, agarró a Facundo por el brazo libre y se lo llevó casi a rastras hacia el otro extremo de la cafetería.

-  ¡Chino, no jeringues! ¿No ves que estoy ocupado? – protestó Facundo entre dientes.

El chino Chang, sin decir una palabra abrió desmesuradamente los ojos, para llamar la atención de su compañero, y después los desvió rápidamente hacia la izquierda, como si quisiera decirle: mira para allá.

Facundo se dió media vuelta y miró con disimulo en la dirección indicada.

Teresa Lares había llegado al extremo de la cafetería que tradicionalmente ocupaban los profesores y había colocado su taza de café junto a la maciza diestra de Michelangelo.

Tal era el apodo que el estudiantado había elegido para el director de la Academia aunque, contrariamente a lo que este nombre pueda sugerir, no se pretendía con ello hacer referencia a las dotes artísticas de Gerardo Diez, que tal era su auténtico nombre, sino al carácter iracundo e impulsivo que muchos de los contemporáneos del célebre pintor atribuyeron a Buonarroti.

Gerardo Diez había renunciado quince años antes a una prometedora carrera como artista plástico, para asumir las funciones de agregado cultural en los Países Bajos. Poco tiempo después desempeñó la función de director del Consejo Asesor de la UNESCO para la Protección del Patrimonio Cultural y más tarde Vice Ministro de Cultura. Después de un ascenso tan vertiginoso, ocupar el escaño de director de la Academia tenía todos los visos de una caída y bien podía ser considerado como la causa principal de su constante mal genio.

Michelangelo era en extremo impopular y su única virtud digna de mención, era una descomunal fuerza física. Se había hecho legendaria la anécdota que narraba como, durante una visita al taller de escultura, después de escuchar la historia que un profesor refería a sus alumnos de Da Vinci doblando con las manos una herradura, Michelangelo echó mano de una barreta de acero que reposaba sobre una de las mesas y la dobló con las manos como si se tratara de un pedazo de plastilina.

Aquella mañana Facundo vio sonreír a Michelangelo por primera vez en su vida mientras Teresa, después de colocar su taza de café sobre la mesa, depositó un tierno beso bajo los espesos bigotes del director. Era como ver a una liebre besando a un hipopótamo y la escena que, en otras circunstancias, habría hecho al menos sonreír a Facundo, provocó en él un sentimiento inexplicable, mezcla de enfado y repulsión, que en aquel momento, por lógicos motivos, no alcanzó a llamar celos.

Para todos aquellos a quienes la llegada de Teresa colmó de interrogantes, aquel beso era la respuesta a la principal de las preguntas; Teresa Lares era la amante de Michelangelo.

Facundo Santos se encogió de hombros, se ajustó los audífonos de la reproductora, tomó un sorbo de té verde y luego de dar una palmada en el hombro a Chang, salió tarareando la marcha turca de Wolfgang Amadeus.







Desde aquel mismo instante comenzó a desenvolverse la madeja de los sucesos que habrían de acaparar la atención de toda la Academia de Bellas Artes, como si se tratara de la Bienal de Venecia.

De cierta manera, la trama evocaba la víspera de la guerra de Troya, con la diferencia de que eran los troyanos en esta ocasión quienes asediaban a Esparta.

Paris ancló su nave en altamar y desde allí, hacía llegar a Helena señales tan sutiles como los fantasmas de la niebla. Menelao despertaba cada mañana con el presentimiento de que alguien estaba tratando de colar un caballo de madera detrás de su muralla, mas sin llegar a descubrir el más mínimo indicio del autor de tan artera conspiración. Helena, por su parte, nadaba entre dos aguas. Aferrada, como nunca, al fuerte brazo de su amado y protector, no daba crédito a sus ojos, cuando al entrar cada mañana a su despacho encontraba una rosa sobre el escritorio.

El color de la rosa variaba en dependencia de su estado de ánimo y aun de sus más secretos pensamientos. De nada le valía cerrar herméticamente puertas y ventanas, cambiar las cerraduras y guardar la única copia de las llaves debajo de su almohada. La rosa indiferentemente reposaba al alcance de sus dedos, rebosante de rocío y de promesas que luchaban por romper la fina película con que el recato recubría sus pensamientos más audaces, y aquellas impúdicas fantasías que se aglomeraban en su mente, como las aguas en los flancos de un dique.

En cierto momento, las rosas dieron paso a los retratos.

Eran minúsculas cuartillas, sobre las cuales alguien había trazado con un lápiz las delicadas líneas de su bello rostro. Teresa no salía de su asombro al verse retratada hasta la raíz de los pensamientos. Su imagen en el papel revelaba duda, esperanza, curiosidad, miedo, asombro... mas, sobre todas las cosas, su rostro revelaba deseo.

Teresa se sentía desnuda. Era una sensación de libertad desvergonzada. La excitación de un exhibicionista abrumado por la sorpresa de su primera experiencia. El aire empezó a teñirse de un azul muy tenue, las nubes en el cielo le hacían guiños y Teresa sentía que podía acariciarlas con sus manos, hacer una trenza con el cuerpo modular del viento, andar a hurtadillas sobre el agua...







- Eres un brujo – murmuró Chang, deteniéndose justo detrás de Facundo, que fingía leer, y alzando la mirada sobre su hombro izquierdo, seguía con la vista a Teresa que levitaba por los pasillos de la Academia, ajena a todo cuanto la rodeaba.

-  ¿Ya cayó en la telaraña? – inquirió Chang con una sonrisa burlona.

Facundo negó con la cabeza.

-  Entonces le falta poco – aseguró Chang con aire de conocedor.

Facundo sacudió el aire con la mano, como si quisiera espantar una mosca.

-   Chino, pareces un pájaro de mal agüero. Tú sabes que no me gusta cuando cuestionan mi vida privada.

-   ¡Oh! ¡Perdón señor! No tenía la más mínima intención de ofenderle – replicó Chang con sorna y enseguida añadió: - Mas, es bueno que sepas que el dueño de ese tesoro no duerme y el día menos pensado, te puede aguar la fiesta.

Facundo hizo un mohín de disgusto y siguió leyendo, sin prestar atención.

-  Por nada del mundo quisiera yo caer entre sus manos – continuó Chang su arenga -. Dicen que ahora le ha dado por cazar patos. Se compró una escopeta de dos cañones que mete miedo y el día menos pensado se aparece en la escena del delito y ¡PAM!... ¡Te vuela las pelotas de un cañonazo!



Facundo se reía de las predicciones de Chang. Él no solo ponía todo su empeño en seducir a una mujer hermosa, él también era presa de las fantasías que con esmero hacía germinar en la mente de su elegida.

Teresa era mucho más que el objeto de un deseo. Cada palabra entre sus labios parecía acabada de nacer, tenía el efecto apaciguador de una melodía o el golpe electrizante de una tempestad; cada gesto suyo poseía una gracia inimitable y, como una danza ritual, adornaba de imágenes sensuales los sueños que forjaba en la mente excitada de Facundo, hasta tomar la forma de una obsesión.

La mañana de un viernes, Teresa abrió la puerta de su despacho y el corazón le dió un vuelco. Michelangelo estaba parado al pie de la ventana mirando fijamente un punto lejano del jardín, cual si quisiera depositar allí la idea que insistentemente daba vueltas en su mente sin llegar a formarse.

En el espacio sobre la superficie del escritorio, que hasta entonces habían ocupado las rosas y los retratos, reposaba un rectángulo de papel que observado a distancia, tenía todos los visos de ser una nota.

En el transcurso de las últimas dos semanas, Teresa había estado temiendo la llegada de ese momento. Era como la orden dada a un paracaidista, al cabo de un largo entrenamiento, de abordar el avión para dar su primer salto.

Hasta ese momento, Teresa había logrado mantener la atención de Michelangelo alejada de los cambios que operaban en su alma. Las rosas eran consumidas por el fuego de la estufa, una vez leído el mensaje cifrado en el color de sus pétalos, los retratos eran mezclados con otros cientos de retratos que a diario surgían en los talleres de la Academia y terminaban apilados en los rincones, en cajas de cartón, donde nadie – y mucho menos el director – nunca haría el intento de encontrarlos.

Tan solo Teresa, al pasar junto a aquellas cajas, demoraba el paso y si nadie la estaba mirando, revolvía con aire distraído las cuartillas hasta ver emerger aquí o allá, como los restos de un naufragio, unos labios sonrientes o una mirada soñadora que acariciaba con ternura antes de verlos zozobrar, una vez más, en la vorágine de líneas multicolores.

Mas, aquel día en que, al abrir la puerta, la sorprendió la presencia de su amante y sobre el escritorio creyó vislumbrar la primera nota de su enigmático admirador, Teresa sintió algo muy parecido al miedo. Por muy discreta que pudiera resultar aquella nota, era un acto inmensurablemente más atrevido que obsequiar una flor o un dibujo. Una palabra es algo tan revelador, que puede destruir en un segundo la obra de muchos siglos de silencio.

No obstante, al cabo de incontables segundos, Michelangelo giró sobre sus talones y Teresa sintió que sus dudas se desvanecían al ver que sonreía, rebosante de buen humor y visiblemente feliz de verla. Cualquier otra persona en su lugar hubiera sospechado que estaban tratando de confundirla demostrando un humor inadecuado para las circunstancias, pero Teresa sabía muy bien que Michelangelo no sabía fingir.

Después de besarla brevemente en los labios, Michelangelo empezó a contarle a Teresa las buenas noticias que servían de motivo a su buen humor, todas relacionadas con un importante evento que se avecinaba y el arribo a la Academia de relevantes figuras de las artes plásticas.

Teresa lo escuchaba con el pensamiento puesto al otro lado de la estancia, donde reposaba la cuartilla que, a duras penas, lograba privar de su atención.

Cuando la puerta, al fin, se cerró detrás de Michelangelo, Teresa se acercó a hurtadillas al escritorio y se dispuso a leer la presunta nota. 

A todo lo largo del rectángulo de papel se hallaban desperdigados, en uniforme desorden, los signos inequívocos de una serie de notas musicales que se alternaban sobre un pentagrama.

Teresa había dedicado diez largos años de su vida al estudio de la música, robando preciosos minutos a sus juegos infantiles - con marcado disgusto primero, más tarde con auténtico placer – hasta llegar a descubrir la primera de sus grandes pasiones.

Una mirada le bastó para reconocer el final del primer acto de “La vestale”, de Spontini, en que Lucinius anuncia su intención de raptar y seducir a Julia.

La sutil insinuación le pareció tan atrevida como una invitación directa al adulterio, aun más, como el adulterio mismo; era el acuerdo tácito de dos viejos amantes de consumar el acto amoroso en la primera oportunidad posible; el pacto silencioso en que alguien invita, con un leve parpadeo o una sonrisa, seguro de que su invitación será aceptada sin preámbulos.

Durante los días siguientes, Teresa estuvo casi por completo dedicada a buscar la forma de dar respuesta al mensaje cifrado en aquella partitura. Ella no solo sabía cuando, sino donde y en que circunstancias quería encontrarse con el autor del mensaje.

Comenzó a sentir una repulsión tan manifiesta hacia Michelangelo que su sola presencia se le hacía insoportable, no obstante hacía todo lo posible por adormecer su perspicacia; había cortado toda comunicación con su admirador secreto, daba la impresión de estar dedicada constantemente a su trabajo y carecer en lo absoluto de tiempo libre, sin embargo, cada día ganaba para si una porción mayor de tiempo y dedicaba todas sus energías a los preparativos de la cita.

Faltaban pocos días para la celebración del Congreso de Artistas Plásticos, gran parte de las actividades estaba auspiciada por la Academia de Bellas Artes y Michelangelo, por más que quisiera, no tendría tiempo para vigilarla.

Como una mariposa nocturna puede volar kilómetros en la oscuridad en pos de una señal remota, Teresa se hallaba cada día más cerca del ansiado encuentro; todo estaba por suceder en los próximos días. Pronto... muy pronto...







Facundo arribó una mañana a su clase en el taller de escultura y halló sobre su mesa de trabajo la figura diminuta de un cupido de bronce.

El querubín portaba un carcaj vacío terciado a la espalda y sostenía en la diestra un arco sin tensar, mientras su mano izquierda, que sostenía una flecha, indicaba en dirección a un punto remoto, en el cual mantenía fija la mirada.

Facundo miró en la dirección que indicaba la flecha y a través de la ventana, vio el carillón que coronaba el edificio donde antes estuvo la biblioteca. Desde hacía dos años, todos los libros habían sido trasladados a un nuevo local y el edificio de la antigua biblioteca permanecía abandonado, a la espera de un presupuesto que le permitiera convertirse en taller, galería de arte o teatro, según decidiera una comisión que a todas luces, aún no había sido convocada.

A la primera pregunta que arribó a su mente, Facundo vio la respuesta en la hoja de un calendario que yacía sobre la mesa. El último día del mes aparecía encerrado en un circulo rojo y al pie podía leerse la inscripción: 20:00.

En el reverso de la hoja, Facundo halló una pequeña partitura trazada con mano rápida y caligrafía minuciosa, en la cual reconoció la célebre Habanera de Bizet.

 

L’amour est l´enfant de Bohême,

Il n’a jamais jamais connu de loi.



Facundo captó el mensaje y sonrió complacido.

El 31 de Marzo, a las ocho de la noche, se darían cita en la Academia los invitados al Congreso; el momento no podría ser más oportuno. Faltaban más de tres semanas para la fecha indicada, mas la recompensa bien merecía tan prolongada espera.



Fue en aquel momento crucial cuando Facundo conoció a Lucía...



Andaba con la cabeza llena de mariposas, desde el momento en que Cupido le revelara que aquello, que había estado esperando con tanta ansiedad, estaba a punto de suceder.

Salió corriendo a mediodía del taller y al doblar del corredor tropezó con Lucía que salía de la biblioteca.

Volaron los cuadernos, rodaron por el suelo los cuerpos y al margen de la confusión se escuchó el grito de Lucía:

- ¡Facundo! ¡Casi me matas!

El joven escuchó su nombre, pronunciado por una voz desconocida; alzó la mirada y vió a Lucía sentada en el suelo, con las gafas colgándole de la oreja izquierda y una expresión de sincero reproche en el rostro.

Facundo se quedó mirándola con la mezcla de asombro y desagrado que nos da descubrir un insecto en la sopa. Estaba seguro de no haberla visto nunca, pero la familiaridad con que le había hablado lo hizo dudar.

Se puso en pie de un salto, extendió una mano y después de ayudar a Lucía a recobrar el equilibrio, le inquirió:

- ¿De dónde nos conocemos?

Lucía se quedó mirándolo como si no entendiera la pregunta; en sus labios, una leve sonrisa pugnaba por convertirse en una carcajada.

- Facundo, no seas payaso – dijo dándole una palmada en el hombro -.

Aquel gesto acabo por desorientarlo. Caminaba aturdido al lado de Lucía, que para colmo le había hecho cargar con sus libros y le contaba detalles de un entorno cotidiano que resultaba asombrosamente común para ambos.

Después de andar unos minutos, Lucía se detuvo ante la entrada de un aula y le hizo saber que habían llegado. Recuperó sus libros de los brazos de Facundo y después de besarlo en la mejilla, le dio las gracias y desapareció en el interior de la estancia.

Sin salir de su asombro, Facundo dio media vuelta y tropezó con la mirada de Chang que lo observaba con expresión irónica.

- Ahora le estás echando maíz a Lucía. ¡Eres terrible!

Facundo escuchó el nombre de la misteriosa chica que acababa de conocer y se acercó a su amigo, invadido por la curiosidad.

- ¿La conoces?

Chang retrocedió y lo miró de hito en hito y con marcada desconfianza, como si estuviera en presencia de un loco. Facundo repitió su pregunta.

- ¡Como no voy a conocer a Lucía! – protestó Chang -.

En el próximo instante, Facundo se enteró de que Lucía y él estudiaban en la misma facultad, asistían al mismo taller, tenían, dos veces por semana, clases con el mismo profesor y por si fuera poco, eran vecinos.

Facundo no lograba entender como se puede estar tan cerca de una persona, sin llegar a percatarse de su existencia. La vida se encargaría más tarde de enseñarle que se hallaba en presencia de un fenómeno muy común y que el mismo se pone de manifiesto aun entre los miembros de una misma familia.

Fuera como fuere, a partir de ese día Lucía salió de la nada. Apareció sentada justo detrás de Facundo en el taller de escultura, tomando el té a dos pasos de su mesa, desandando los mismos senderos que surcaban el parque junto a la Academia...

Lucía se fue dibujando en su vida como los trazos de un pincel sobre el blanco de un lienzo; lineas disformes y multicolores que se entrelazan en el vacío hasta conformar un paisaje. Lucía resultó ser un palimpsesto que escondía los restos de un océano remoto tras las áridas laderas de una cordillera.

Lucía y Facundo habían escuchado desde siempre la misma música, habían leído los mismos libros y se sumergían con igual frecuencia en la contemplación de los mismos cuadros, atardeceres o tragedias cotidianas.

Lucía fue llenando de conceptos nuevos, espacios que estuvieron vacíos desde siempre, creció desde la inexistencia hasta convertirse en su sombra; a su lado, Facundo aprendió el significado de la palabra amistad y entendió que era muy superior a la relación de dos personas enlazadas por la similitud de sus intereses. La misma Lucía que antes había sido un fantasma, se había ido convirtiendo, con el paso de los días, en el centro de su vida y había logrado eclipsar con la sola idea de su existencia un sin número de cosas que antes parecían imprescindibles.

Facundo se olvidó de casi todo cuanto había constituido hasta aquel momento la armazón de su existencia. La vida se llenaba de agujeros que de inmediato eran rellenados con las palabras de Lucía, los gustos de Lucía, sus caprichos, ansias, reproches, miedos...

No obstante, aquella relación parecía más bien la de dos hermanos entrañables dedicados al ritual de compartirlo todo y sostenerse mutuamente en las más disímiles situaciones. Así fue hasta el día en que Lucía se despidió de Facundo, como cada día al terminar las clases, con un beso en la mejilla y él se sorprendió pensando que el cabello de Lucía olía a rosas.

Facundo demoró un segundo más de lo usual en liberar la mano de Lucía, que sostenía siempre entre las suyas en aquellos instantes y la chica se estremeció, como quien descubre que el gatito, a quien daba a beber leche cada mañana en el cuenco de su mano, se ha ido convirtiendo poco a poco en un tigre.

Lucía se apartó lentamente de Facundo y lo miró fijamente a los ojos.

El vio escrito en su mirada mucho más de lo que había logrado descubrir hasta entonces; nociones tan deslumbrantes y abstractas como la revelación fugaz de un secreto, el mensaje oculto en el reverso de una caricia o la pérdida repentina del miedo a la oscuridad.

Facundo suspiró anonadado por la belleza del rostro en cuyos ojos florecía aquella mirada, que se clavaba virilmente en lo profundo de su corazón y se inclinó para besar a Lucía en los labios.

Lucía esquivó el beso y empujó suavemente a Facundo para apartarlo de si.

- No, Facundo, por favor. No lo hagas – murmuró -.  

Él se quedó mirándola sin decir palabra y en su silencio había una mezcla de súplica y promesa.

Ella negó con la cabeza y su voz sonó quebrada, como si escondiera un sollozo.

- Vas a romperme el corazón – replicó y dando media vuelta se perdió corriendo en la oscuridad.







Desde aquel día todo cambió. La vida recuperó su ritmo cotidiano, mas todo parecía triste, como una naturaleza muerta dibujada al carboncillo sobre un trozo de cartón corrugado. Lucía seguía llenando los mismos espacios, pero se había vuelto borrosa y fría, como su propia imagen en la pantalla de un televisor.

Facundo no podía dejar de pensar en ella y luchaba con la certeza de haberse enamorado; por primera vez no podía encontrar en su mente la palabra precisa, que lograra romper el hielo de las dudas y hacer valer sus argumentos.

Incluso Chang parecía distinto. Había cambiado su socarronería de siempre por unos devaneos filosóficos que terminaba por desorientar a Facundo.

- Olvídala, Cundo – le decía -. Ella no es mujer para ti. Lucía es la mujer que se entrega una vez para siempre y te obliga a sentir la necesidad de llevarla en brazos al altar, dedicarle la totalidad de tus días y envejecer a su lado rodeado de nietos. Mas, tú, Facundo, eres veleta; hoy te desvives por ella y mañana te vas detrás de la primera falda que se cruce en tu camino. Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza.







- ¡Santos! ¡Facundo Santos, por favor!

El tono de la voz era imperioso.

Facundo alzó la vista y vio a Teresa parada en la puerta del taller.

El corazón le dio un vuelco y una ola de calor le abrasó las mejillas como hierro fundido.

Alrededor se había hecho un silencio insoportable, cada uno de los presentes había abandonado lo que estaba haciendo y se había dado vuelta para mirarlo.

- Facundo Santos – continuó diciendo Teresa – preséntese, por favor, en el despacho del director.

Y dando media vuelta se marchó.

Facundo miró de reojo la mesa contigua, donde Lucía parecía ensimismada en dar forma a la pieza de barro que sostenía entre sus manos. Era la única persona en el taller que daba la impresión de no haberse percatado de lo sucedido.

Facundo se puso en pie y fue sorteando las mesas hasta llegar a la salida del taller, entonces se dio vuelta y vio que Lucía lo miraba fijamente. Cuando sus ojos se encontraron, Lucía desvió la mirada y volvió a concentrarse en su trabajo.

La Dirección estaba a unos cien metros del taller, al final del pasillo central del ala norte. Al pasar junto al despacho de Teresa, Facundo sintió que una mano lo asía del brazo y lo arrastraba impetuosamente. Teresa cerró a sus espaldas la puerta del despacho y tomando con ambas manos el rostro de su amado lo besó en los labios con infinita ternura.

El placer que le provocaba el contacto de aquellos labios, hizo olvidar por un momento a Facundo el peligro que representaba estar a solas con Teresa a solo dos pasos de la Dirección. Al cabo de un instante, se recuperó y tomando por los hombros a Teresa le susurró: - Me están esperando.

Teresa sonrió y le replicó a su vez:

- Gerardo no está en la Academia y yo no podía resistir las ganas de verte. Pero, en verdad, puede entrar cualquiera y sorprendernos. Mejor vete, Facundo, vete ya y recuerda que mañana a las ocho te estaré esperando allí – dijo señalando el edificio de la vieja biblioteca que se perfilaba a través de la ventana, mientras colocaba una llave en el cuenco de su mano.

- Esa llave abre la puerta al final de este pasillo, que conduce directamente a la biblioteca. Hasta mañana, amor – dijo besándolo en los labios mientras le inducía a salir.

Facundo se halló de vuelta en el pasillo desierto, luchando con la excitación que le abultaba los pantalones, mientras se devanaba los sesos pensando como había estado a punto de olvidar su cita con Teresa.

La imagen de Lucía se abrió paso en su mente y Facundo luchaba por apartarla de si. Tomó la decisión de no regresar al taller de escultura; necesitaba coordinar sus ideas. Salió de la Academia y tomó a toda prisa el camino que conducía a su casa.





El 31 de marzo era feriado. La ciudad mostraba la agitación y la pereza típicas de los fines de semana. Los estudiantes se habían dado cita en la Academia para disfrutar de las actividades relacionadas con el Congreso de Artistas Plásticos que incluían una exposición, una conferencia, una merienda y muchas otras.

Facundo apareció cerca de las siete. Estaba de buen humor y vestía con somera elegancia. Las chicas suspiraban al verlo, mas Facundo daba la impresión de no percatarse de la presencia de ellas; toda su atención estaba concentrada en el rincón del salón donde Michelangelo se había reunido con sus invitados.

Michelangelo había estado dialogando, desde poco antes de las seis, con su amigo el escultor Carlos Suarez y el célebre pintor ruso Artem Sokolov. Habían estado animando la charla con unos martinis y dado que era el ruso quien marcaba el ritmo de la conversación, Michelangelo y Carlos mostraban, pasada media hora, los síntomas inconfundibles de una floreciente borrachera.

Facundo sonrió complacido y ya se disponía a abandonar el salón, cuando vió a Lucía que se aproximaba.

¡Que linda estaba Lucía esa noche!

Un sencillo vestido azul turquí contrastaba con la palidez de su piel y enmarcaba sus voluptuosas formas, dejando al descubierto las rodillas redondas como panecillos. El pelo recogido sobre la nuca acentuaba el ovalo perfecto de su rostro, donde el color de la sombra aplicada sobre los párpados y el tono violáceo de los labios hacían juego con el color del vestido.

Lucía rodeo con un brazo el cuello de Facundo y susurró:

- ¿Bailamos?

Facundo aceptó complacido y se entregó a la danza con un placer indescriptible. De vuelta en vuelta, miraba a Lucía para descubrir en sus ojos el mismo bienestar que lo embargaba. Por unos instantes todo volvió a ser como antes o incluso mejor; ahora la sentía más cerca, imprescindible, inevitable... como si hubiera estado inscrita desde siempre y para siempre en su destino.

Entonces, los ojos de Facundo tropezaron con el reloj al fondo del salón y comprobó que se estaba haciendo tarde.

Como por obra de magia, la música se esfumó y en el atestado salón se hizo un silencio tan rotundo que parecía material.

Facundo se apartó suavemente de Lucía y con una sonrisa triste en los labios, se disculpó por tener que marcharse. Dio media vuelta, mas no pudo dar un paso porque la diestra de Lucía se mantenía aferrada a su brazo izquierdo. La miró a los ojos y se estremeció al ver como, enmarcados en la expresión dura de su rostro, los parpados luchaban por contener las lágrimas.

- Quédate, por favor – suplicó Lucía -.

Facundo volvió a mirar el reloj e intentó negar con la cabeza, pero Lucía se había esfumado.







Un instante más tarde, Facundo corría a través del pasillo del ala norte.

Al llegar junto a la puerta se volvió y después de comprobar que no había nadie, introdujo la llave en el pozo de la cerradura y la hizo girar en el sentido de las manecillas del reloj. La puerta cedió sin dificultad y el crujido de los goznes se hizo eco en el pasillo desierto.

Al pie de la puerta nacía una escalera que desembocaba, cinco peldaños más abajo, en un pasillo oscuro y húmedo. Facundo murmuró un par de veces el nombre de Teresa y al no obtener respuesta se decidió a penetrar en el pasillo en penumbras.

Deambuló largos minutos en la oscuridad hasta escuchar una voz que susurraba su nombre y siguiendo el rastro de la voz, marchó con los brazos extendidos hasta que sus manos rozaron otras manos que lo buscaban.

Sus dedos tantearon primero unos dedos diminutos y cálidos, luego los cabellos sedosos, los hombros desnudos, el terso talle... Sintió unos labios que jadeaban cada vez más cerca de su rostro hasta rozar sus labios.

- Ven – susurró la voz y las pequeñas manos lo arrastraron irresistiblemente -.

Tras desandar a oscuras, durante un tiempo indeterminable, a través de un espacio que en la mente, exaltada por la profusión de sensaciones nuevas y disímiles, se dibujaba como una suerte de laberinto gótico, se detuvieron al fin y Facundo sintió que lo despojaban de su ropa. Tras liberar cada palmo de piel, la mujer depositaba sobre él un beso trémulo, que tenía el efecto de excitarlo cada vez más.

En algún momento, todo cesó. Facundo extendió una mano, buscando a ciegas a Teresa sin poder hallarla, un mal presentimiento se apoderó de él. Entonces, llegó hasta sus oídos un fragor creciente, como de un mar embravecido o una multitud inquieta; una marcha triunfal fue tomando forma hasta llenarlo todo y en su nota crucial, una de las paredes del recinto, que resultó en realidad ser un telón, se desplomó de repente y la claridad irrumpió como una carcajada.

Facundo se vio desnudo en la escena, profusamente iluminada del teatro de la Academia. El teatro estaba repleto de personas, en su mayoría estudiantes; pero había también profesores, personalidades públicas, periodistas...

La ovación cerrada que siguió a la sorpresa fue minándose de risas, aplausos y silbidos. En un extremo de la escena, Facundo vio a Michelangelo que lo miraba inmutable, con una sonrisa cínica en los labios.

A pesar de la sorpresa, nada de lo acontecido había hecho perder la ecuanimidad a Facundo. Dejó correr la vista sobre el escenario, buscando entre los decorados algún objeto que pudiera servir para cubrir su vergüenza; entonces su mirada tropezó con el único rostro triste de aquella multitud. Lucía lo miraba desde la primera fila, con las manos enlazadas sobre el pecho y las mejillas cubiertas de lágrimas. Facundo pudo leer en sus ojos, mezclada con un dejo de compasión y otro tanto de ira, una repulsión tan agobiante que rozaba con el asco y por primera vez, tuvo conciencia de lo mucho que había perdido aquella noche.

La ira se derramó en sus venas como un alucinógeno, nublando su mente y colmando sus miembros de una energía febril. Con el rabo del ojo vio a Michelangelo que se aproximaba, con el claro propósito de sacarlo a la fuerza de allí; entonces vislumbró sobre el proscenio, justo a sus pies, la silueta del cupido de bronce que unas semanas antes había encontrado sobre su mesa de trabajo en el taller de escultura. 

Michelangelo se había ido acercando a grandes zancadas y cuando su mano estuvo a punto de atrapar el brazo de Facundo, este se inclinó y con la velocidad de un relámpago, echo mano al cupido y golpeó con él al director en el rostro, con tanto tino que la flecha le quedó clavada en plena frente.

Michelangelo profirió un alarido y tras retroceder dos pasos se desplomó pesadamente en medio de la escena.





Gerardo Diez fue trasladado aquella noche en estado de inconsciencia a la unidad de cuidados intensivos del Hospital General. Permaneció once meses en coma y al volver en si, no podía recordar el más mínimo suceso de su vida acontecido en un período menor de quince años a la fecha. Siguiendo un impulso natural, abandonó su puesto de director de la Academia de Bellas Artes y abrió un taller en el Callejón de los Pinos, cerca de la Ciudad Vieja. Hoy en día está considerado como uno de los pintores más relevantes de su generación y la cicatriz de su frente, semejante a una estrella, ha motivado la inspiración de más de un pintor o poeta.

Teresa Lares se enamoró de un tenor italiano que estuvo de gira en nuestra ciudad tres meses después de los sucesos de la Academia y un año más tarde se casaron en la Basílica del Espíritu Santo de Buenos Aires. Actualmente vive en Milán. Es violinista de la Orquesta Sinfónica de la Scala.

Jaime Chang se graduó de la Academia y entusiasmado por la idea de su tío, el empresario Hilario Chang, abrió su propia escuela de artes plásticas. El proyecto tuvo un éxito comercial impresionante.

Lucía abandonó la Academia el mismo día en que vio a Facundo por última vez, en la sala del Tribunal Supremo. Al día siguiente tomó el primer tren expreso rumbo a la capital y no se ha vuelto a conocer su paradero.

Facundo Santos fue condenado a seis años de prisión por intento de homicidio. Las circunstancias en que se desenvolvieron los hechos, la ausencia de antecedentes penales y otros factores atenuantes, contribuyeron a que su abogado ganara una apelación que permitió reducir considerablemente su condena.
Durante el tiempo transcurrido en prisión Facundo se aficionó como nunca antes al juego de ajedrez, cuentan que en muchos años no perdió una sola partida; por fin comprendió el valor insoslayable que tiene el rey enemigo.


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Mis raices

A donde van ahora mismo estos cuerpos que no puedo nunca dejar de alumbrar...

Silvio Rodriguez

Jose Marti

Subita de un salto arranca,
hurtase, se quiebra, gira;
abre en dos la cachemira,
ofrece la bata blanca.

("La bailarina española")



Yo vengo de todas partes
y hacia todas partes voy,
arte soy entre las artes
y en los montes, monte soy.

("Versos sencillos")



El amor, madre, a la patria,
no es el amor ridiculo a la tierra,
ni a la hierba que pisan nuestras plantas;
es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca...

("Abdala")


Mirame, madre, y por tu amor no llores.
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores.


(Carta a Leonor Pérez desde el presidio de Isla de Pinos
el 28 de agosto de 1870)

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Jose Lezama Lima

Dánae teje el tiempo dorado por el 
Nilo 
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro
nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que
borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.
Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua
alfilereada?
.................................................... 
Así el espejo averiguó callado,
así Narciso en pleamar fugó sin alas.


("Muerte de Narciso")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Jorge Luis Borges

"Una rosa y Milton"


De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas
Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,
Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado
Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.




Las plazas agravadas por la noche sin dueño
Son los patios profundos de un árido palacio
Y las calles unánimes que engendran el espacio
Son corredores de vago miedo y de sueño.

(La noche cíclica)



"El enamorado"

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lamparas y la linea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persepolis y Roma y que una arena
sutil midio la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Solo tu eres. Tu, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.



* * * * * * * * * * * * *

Pablo Neruda

Empujado por los designios de la tierra,
como una ola en el mar, hacia ti va mi cuerpo
y tú en tu carne encierras las pupilas sedientas
con que miraré cuando estos ojos que tengo
se me llenen de tierra.

("Amiga no te mueras")



Hemos perdido aun este crépusculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

("Poema 10")



Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

("Si tú me olvidas")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Nicolás Guillén

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco.

("Balada de los dos abuelos")


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