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miércoles, 5 de julio de 2017

La bailarina


Una noche de invierno de 1890, entre los muchos transeúntes que circulaban a lo largo de la 55 West Street de Nueva York, vagaba un hombre taciturno. Su negra corbata ondeaba en el viento que invadía la acera, mas el  frío lacerante no lograba distraerlo de sus pensamientos; sus ojos parecían no advertir el animoso juego de luces que hacía de Manhattan uno de los rincones más fabulosos del mundo, y parecían mirar hacia adentro, hacia el abismo insondable de su atribulado corazón. Al llegar a la altura de la sala de variedades Eden Museé, un insólito detalle llamó su atención; el pabellón español que desde principios de octubre de aquel mismo año, adornaba la entrada del teatro, había sido retirado. Para el hombre en cuestión, aquella bandera había sido una especie de barrera que semana tras semana, lo había hecho desistir de su intención de presenciar un espectáculo que prometía ser cuando menos inusual; aquella noche, sin embargo, por uno de esos azares que hacen del destino el más asombroso de los acertijos, la bandera había desaparecido y las puertas del teatro, abiertas de par en par, lo invitaban a entrar.
La estrella del programa, Carolina Otero, se había hecho en aquel entonces legendaria por su donaire y belleza; dejaba siempre a su paso una estela de pasión y asombro; muchas historias se tejían en torno a su persona; se decía que era el eje en torno al cual la vida parisina daba vueltas, que varios monarcas europeos se disputaban su corazón, que era la musa inconfundible de notables artistas.
El hombre triste que unos minutos antes titubeaba ante las puertas del teatro, ahora perdido entre la multitud de espectadores ansiosos que desbordaba la sala, vio venir desde el fondo de la escena la silueta diminuta y graciosa de una bella mujer; la vio girar sin prisa, despejando la penumbra con el golpe certero de sus blancas manos; sus ojos arrojaban destellos de obsidiana y una pícara sonrisa pugnaba entre sus labios.
Allí estaba en persona la legendaria Otero; algo dejaba entrever de su mítica fortuna en el brillo de las joyas que ceñían su frente, la neta curva de su cuello y el nácar de sus finas manos. Había entre aquellas joyas un collar que poco antes, engalanaba a Isabel de Baviera; otro había pertenecido a la emperatriz Eugenia y un tercero, de puros diamantes, velaba otrora el sueño de María Antonieta.
Nada de aquella fama y riqueza se presagiaba en los orígenes de esa enérgica mujer; en su Galicia natal, en la remota Valga de Pontevedra, donde vergüenza y dolor dieron cimiento a su destino. Allí hubo de enjugar con el polvo del camino sus lágrimas de niña violada, sin un varón siquiera en la familia, para oponer el filo de su navaja a tanto ultraje; allí tomo despechada la ruta de Portugal donde la vieron bailar por vez primera. Cada nueva actuación era un prodigio de belleza que la acercaba más y más a su anhelado sueño.
Desde Portugal viajó a Marsella, donde conocería a Ernest Jurgens, el empresario norteamericano que la hizo su amante y tomó entre sus manos las riendas de su carrera artística. Jurgens se encargó de que tomara clases de canto y baile con los mejores maestros de la época, se esmeró en depurar sus maneras y su vestuario; poco tiempo después la llevó del brazo al París de la Belle Époque donde habría de nacer en breve la más brillante estrella: La Bella Otero.
La Ciudad Luz le dio la bienvenida como a la más preciada de sus hijas. Allí hizo vibrar las tablas del Follies Bergère y del renombrado Cirque de Eté; Toulouse-Lautrec la hizo protagonista de una de sus mejores obras, un cartel al pastel que hoy figura en la colección del Museo de Albi; Gabriele D’Annunzio perdía toda noción de la realidad cada vez que la Bella Otero lo hacía objeto de sus caprichos.
Los hombres se desvivían por ella, pero en el corazón de Carolina, quebrado por el dolor de muchos desencantos, no había lugar para el amor. Nicolás II de Rusia, era capaz de abandonar su lujoso palacio y cruzar de incógnito media Europa solo para verla. No quedaban a la zaga en tan infructuosa  carrera, el emperador Guillermo II de Alemania, el barón de Ollstreder, favorito de Elizabeth de Austria, y Eduardo VII de Inglaterra. Jacques Payen se quitó la vida en el pabellón chino del Bois de Boulogne, después de proponer a la Bella Otero diez mil francos por el placer de una noche a su lado, cuando ella le respondió que no recibía limosnas.
Muchas fueron las víctimas de aquella desaforada pasión, incluido el propio Ernest Jurgens que tan benignamente influyó en su vida.
Quién podía suponer que de aquella asombrosa mujer pronto no quedaría ni el recuerdo; la vida se la llevó por caminos escabrosos y la hizo presa de un vicio que pronto dio buena cuenta de su precoz aunque inmensa fortuna en los lujosos casinos de Montecarlo.
La Bella Otero se despediría de la escena y se retiraría a vivir en una modesta habitación de los suburbios de Niza hasta la avanzada edad de 96 años. La gestión de un buen amigo le procuró una pensión con la cual pudo vivir sin carecer de nada.
En la vida de Carolina Otero se alternaron sin cesar luces y sombras, cada una de ellas bien valdría para justificar su lugar en la Historia, mas aquella noche de invierno en el Eden Museé, Carolina bailaba sin saber que había dejado de ser la mujer fatal en cuya indiferencia se rompieron tantos corazones para ser plenamente la mujer sensible y virtuosa, consagrada a su arte, aun cuando un solo hombre en aquella multitud fuera testigo de aquel prodigio y pudiera mirar en su corazón como solo un artista puede hacerlo. Aquel hombre triste, de negra corbata y alta frente, patriota insigne, poeta insuperable, halló en aquella escena neoyorkina, más que una mujer hermosa, el motivo de inspiración de uno de los versos más sublimes que jamás se hayan escrito en lengua castellana, el poema diez de los Versos Sencillos.

El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.

Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.

Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega;
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.

Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiera un sombrero!

Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.

Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.

Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.

Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.

Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.

Súbito, de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.

El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca;
Lentamente taconea.

Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...

Baila muy bien la española,
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca, a un rincón
El alma trémula y sola!

sábado, 10 de diciembre de 2016

Poema sin nostalgia

Svetlana Belyaeva, Sin titulo

Saturadas de aurora,
Tus manos celebran
El triunfo primigenio de
Mi fantasía;

Disueltas en mi alcoba,
Se disfrazan de hiedra
Y en la vil soledad, como
Aves sin tierra, entonan
Un capricho de silente
Agonía.

Algún día serás como
Esas ansias prematuras
Que la ausencia denota
Sin pasión, ni epitafio;

Un copo de lamento
Colgado de la noche;
Partícula esencial de un
Crimen sin cadalso.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Palabras en el cielo

Arturo Cuenca, Sin titulo


Mamá tenía los ojos grises, como esos mares turbios que parecen no haber tenido nunca peces. En sus horas felices, yo veía encenderse una luz en la trastienda de todas sus miradas, y entonces sus pupilas parecían tragarse las cumbres de la sierra que coronaba nuestro patio al pie del horizonte.
Mamá era adicta a la fotografía, al punto de que pasar un día sin tomar al menos una foto era para ella como dejar de comer, o de dormir. Cada vez que la nostalgia la trae de regreso a mi memoria, aparece de pie en el extremo del jardín donde antes crecía el olivo, su vista detenida en algún punto invisible de la tarde no cesa de enhebrar preguntas inaudibles. De repente, queda inmovil, como un felino hambriento que acaba de husmear su presa; busca a tientas su cámara atascada entre dos libros de versos y con movimientos precisos va apretando el obturador mientras hace girar con precisión los aros del objetivo.
Aquellos instantes tenían la virtud de robarme el aliento, hacían de mi una sombra, reducían la inquietud de mis cortos años a la imagen de un guerrero sorprendido por la hidra en pleno laberinto. Así aguardaba inmovil el fin del ritual; el instante en que mamá se colgaba la camara al hombro, y salía despacio rumbo al lado opuesto de la casa, donde estaba el cuarto oscuro. Al pasar a mi lado, mamá siempre sonreía, dejaba resbalar una mano soñolienta entre mis greñas y seguía su rumbo, sabiendo que yo la seguiría inevitablemente. Entrábamos al cuarto de revelado, ella cerraba la puerta y accionaba a tientas el interruptor de una bombilla roja adosada a la pared del fondo, mientras yo me sentaba en la banqueta alta junto a la mesa de trabajo y me quedaba mirando las cubetas llenas de liquidos transparentes de donde irían emergiendo las figuras familiares del bosque, la sierra y la delgada franja de mar al noroeste.
Me llevó mucho tiempo aprender a ver la realidad a través de las fotos de mamá, pero una vez asimilada aquella dimensión ya no supe ver la vida de otra forma. Al principio, todo era igual; el mismo bosque hirsuto, como el lomo de un perro azul dormido al pie de la cordillera, delataba por igual la llegada de la noche y del viento; mas un día cualquiera, una foto del bosque atrapó mi mirada y al querer desviarla,  sentí que no podía hacerlo; entonces vi al bosque estremecerse, como un monstruo milenario que al despertar de un profundo letargo, busca con sus ojos la luna, para ver reflejados en su espejo los siglos que le ha robado el sueño. Aquella fue la primera revelación de una vida latente que germinaba desde siempre en la raíz de mi sangre exigiendo a gritos el despertar de mi conciencia.
Aquellos instantes se fueron multiplicando entre mis días y pude ver con claridad que el bosque estaba muriendo. Su cuerpo yacía aterido, como un inmenso campo de batalla abandonado entre llamas de hielo. El invierno prematuro lo cubrió de nieves negras y en un rincón ignoto de su oscuridad tronaba una campana.
Mamá participaba a hurtadillas de mis sobresaltos, desapareciendo en la oscuridad del cuarto en mis momentos de observación extática, para reaparecer de inmediato cuando el terror asomaba entre mis lágrimas.
En uno de mis días más terribles, vi por primera vez el pináculo del templo. Un tibio sol de enero hizo brotar un destello de luz entre las ramas, antes de perderse tropezando entre las nubes.
El templo era la imagen misma de la desolación y muchos años después llegué a saber que estuvo consagrado a dioses imposibles; no obstante, en el momento en que lo vi brillar por primera vez al sol, supe que era el único sitio de la tierra desde el cual se podía acariciar al bosque y decirle que aún no estaba solo.
La primavera me sorprendió desandando los trillos sombríos que bordean los linderos del bosque hasta dar con los cimientos del templo. Los helechos incipientes resplandecían entre las piedras cubiertas de musgo y salamandras que sirvieron de estampa a mi desilución. Supe que aquel lugar sirvió de refugio a la esperanza en los tiempos remotos en que el bosque no dormía; supe que unos hombres echaron los cimientos y otros alzaron las mismas paredes que unos terceros entregaron al fuego, mientras enésimos alojaban y desalojaban a sus dioses en una carrera desenfrenada que los llevó a olvidar el bosque. Supe también que aún no estaba dicha la última palabra.
Fue en aquella misma primavera cuando encontré a mamá acostada en la terraza apuntando con su cámara al cielo. Su pose era tan extravagante, y tan alegre su sonrisa de bruja buena que no pude menos que echarme a reir. El cielo estaba despejado, y tan solo una nube raquítica cruzaba languidamente el cenit.
Unos instantes más tarde, mamá se puso en pie de un salto, cruzó corriendo la sala y se perdió de vista en el pasillo lateral que conducía al cuarto oscuro. Yo me quedé mirando el cielo, con la mente llena de interrogantes, hasta que escuché a mis espaldas el silbido con el que mamá solía reclamar mi presencia.
Entré con todo cuidado al cuarto oscuro, cerrando la puerta antes de abrir la cortina consecutiva y haciendo después una pausa, para dar tiempo a mis ojos a adaptarse a la semipenumbra, antes de seguir mi camino esquivando las cajas y cubetas desperdigadas en desorden por toda la habitación.
Mamá me hizo una seña con el dedo para que me acercara y una vez que me detuve a su lado, señaló con el índice una foto recien revelada que había colgado a secar justo encima de la mesa de trabajo.
En el centro de la toma, en cuyo fondo gris era dificil adivinar el cielo, flotaba una nubecilla blanca. Yo me quedé mirando absorto la fotografía sin llegar a entender que era lo que la hacía especial y entonces mamá, adivinando mi pregunta, recorrió con el dedo la silueta enreversada de la nube antes de decirme:
-          Aquí dice: esperanza. Está en sánscrito.
Su aclaración, lejos de disipar mis dudas, las hizo aun mayores, y añadió a ellas la sospecha de que la salud mental de mamá tal vez no estaba en las mejores condiciones.
Pero, en los días consecutivos, las nubes convertidas en palabras continuaron brotando de las cubetas llenas de reactivos como pollos de una incubadora; el cielo renacía cubierto de ideas positivas reflejadas en morfemas de los más diversos idiomas: sánscrito, chino, latín, francés...
Un día le pregunté a mamá de dónde venían aquellas palabras.
-          Son pensamientos – me dijo -. Cuando deseas mucho alguna cosa, y le dedicas una parte importante de tu fuerza espiritual, la idea en si misma se libera y sigue viviendo en alguna región del espacio. Esa región está accecible a todas aquellas personas que piensan y sienten como tú, sin importar su cultura, su lengua o su época. Las palabras nunca mueren.
-          ¿Y siempre llegan a ser nubes?
-          Pueden convertirse en cualquier cosa. Pueden ser el viento, una ola o una estrella.
A partir de ese día comencé a advertir en la brisa los mensajes del bosque y le di en mi corazón el sitio definitivo que corresponde a mi primer amigo.
Un año más tarde, en un día sin rasgos memorables, mamá salió a la terraza donde yo me había detenido a meditar y me tomó de la mano. El gesto era en cierta manera inusual y alojó en mi pecho el presentimiento de que algo terrible estaba por suceder.     
Mamá empezó a contarme su sueño, tantas veces aplazado, de dar la vuelta al mundo. No se trataba simplemente de sobrevolar el globo en un avión; hablaba de un viaje minucioso que exigiría largas estadías en lugares diversos y remotos; un viaje para el cual la vida entera pudiera representar una fracción de tiempo insignificante.
Entendí, con un nudo en la garganta, que comenzaba nuestro primer y postumo conflicto; no me cabía en la cabeza que mamá se fuera así no más, en pos de la nada, con la certeza de que no volveríamos a vernos; su entusiasmo infantil me destrozaba el corazón, ella había sido desde siempre el único amor de mi vida.
En vísperas del viaje, mamá me llamó a su lado, me abrazó fuerte, enjugando mis lágrimas con sus cabellos y me dijo:
-          Tú ya eres un hombre y conoces tu lugar y tu misión en este mundo. La vida es un camino plagado de abismos que te harán más de una vez dar la vuelta y volver sobre tus pasos, pero el día en que sientas nacer en ti la fuerza de saltar y seguir tu ruta al otro lado del despeñadero, no permitas que el miedo te obligue a cambiar de idea, ni permitas que otro te haga desistir de tu intento por más que quieras a esa persona.
Pasé la noche en vela, esperando la mañana para besarla en la frente y desearle buen viaje, pero al despuntar la aurora no encontré en mi las fuerzas para verla partir y me encerré en mi cuarto. A través de la ventana entreabierta oí llorar al bosque, y mi pena multiplicada acabó por agotar mis fuerzas.
Las primeras luces del día me legaron una casa en ruinas, huerfana de sonidos y aromas, en cuyos postigos abiertos se detenía a cavilar el viento, mas el tiempo se encargó de convertir lentamente aquella resaca en una ola inmensa y empecé a luchar por convertir en realidad mis sueños que eran también los sueños de mamá. La vida fue llenandome de una sabiduría serena en cuyo nicho germinó una alegría idescriptible por saber que mamá, después de todo, había conquistado su sueño.
Un día, desperté mucho más temprano de lo que usualmente exigían el deber o la costumbre y parado en la terraza, lavada por la lluvia de la noche anterior, me quedé mirando el horizonte dónde flotaba una escuadrilla de nubes diminutas.
Siguiendo un impulso inesperado, corrí hasta la sala, eché mano a la cámara y empecé a tomar freneticamente fotos de aquella porción del cielo. Un instante después desenrrollaba la película en el cuarto oscuro mientras echaba a andar la ampliadora y vertía reactivos en todas las cubetas. Uno a uno fueron desplegandose delante de mis ojos los simbolos de una lengua desconocida que no tuve, no obstante, dificultad alguna en descifrar. 
Sobre un fondo gris que nadie se atrevería a llamar cielo, flotaban las palabras más tiernas que jamás haya leido:

Siempre estaré a tu lado.     


lunes, 16 de noviembre de 2015

París

Más allá del dolor,
De este golpe brutal que
Destroza en mi pecho una aurora,
Ruge el mundo. Su tonada marchita,
Tenaz como el olvido, alimenta de ira
Cien rosas amargas. Vuelvo a rumiar mi duda
Del brazo secular de todas las justicias,
Me revuelco en mi sombra, como un
Demonio innoble, indigno aun de
Sus estigmas, de aquel salto
Indecible que cerró
Un paraíso.
Soy la herida crucial de un amor hecho cadenas.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Creer o no creer


"Una de las tragedias de la vida es el asesinato de una 
hermosa teoría por una vulgar partida de hechos."
Francoise de la Rochefoucault

La ciencia ha demostrado que Dios no existe basándose en la falta de pruebas materiales de su existencia. Esto significa que la idea de Dios en sí misma es inaceptable desde el punto de vista científico, dado que nada de aquello que consideramos divino puede ser medido, pesado, diseccionado o descompuesto, ni se pueden establecer relaciones de causa y efecto entre los procesos naturales y una voluntad absoluta.
Pues bien, seamos estrictamente científicos y empecemos por decir que la mayoría de los postulados de la teoría de la relatividad, ese sancta sanctorum de la física contemporánea, carece de demostración científica y se reduce a un grupo de fórmulas aisladas cuyas constantes son de tiempo en tiempo corregidas, sustituidas e incluso eliminadas por nuevos investigadores que no acaban de llegar a un consenso; así, en una de las más recientes variantes de la ecuación universal se llegó a eliminar la constante de tiempo, alegando que este en realidad no existe fuera de la conciencia humana y no pasa de ser una ilusión de nuestros sentidos. Así de fácil.
Hoy en día, sabemos "con exactitud” que el universo surgió de una explosión y la expansión resultante de dicha explosión sigue teniendo lugar en nuestros días ¡pasados 13 835 millones de años!
Se revuelve Newton en su tumba, pero la ciencia se apresura en asegurarle que no hay razón para inquietarse dado que las leyes de la física clásica - y aun las de la física cuántica - no son aplicables a los procesos del cosmos profundo.
Sin embargo, a la hora de explorar ese mismo cosmos, la ciencia contemporánea se apoya en la única física conocida la cual, de facto, es inaplicable a los procesos que transcurren en zonas remotas del espacio.
Por medio de cálculos y análisis efectuados en base a leyes naturales demostradas exclusivamente en el Tierra o, en el mejor de los casos, en diversas regiones de nuestro sistema solar, la ciencia nos ha dado a conocer la estructura y composición de estrellas lejanas, muchas de las cuales son perceptibles solo por medio del análisis de una emisión de radio que viajó millones de años a través del espacio hasta alcanzar un receptor ubicado sobre la superficie de nuestro planeta; es algo así como describir una mariposa en base al análisis de la refracción de la luz en las escamas que han dejado sus alas suspendidas en el aire.
Con referencia a esas mismas leyes la ciencia nos ha dado cerca de una docena de explicaciones diferentes y absolutamente fantásticas acerca de cuerpos celestes situados a miles de años luz de nuestro mundo, a los cuales se les ha dado el nombre de agujeros negros; no por su color, sino porque nadie sabe a ciencia cierta en que consisten.
De la misma manera, seguimos sin hallar el eslabón perdido de la cadena evolutiva humana, así como las especies transitorias del resto de la cadena evolutiva del reino animal. A esto se añade que las “evidencias” que corroboran la existencia de algunos de los eslabones de la cadena evolutiva humana se resumen a un molar o a un fragmento de hueso occipital incrustado en una roca; sobre esa base se construyó el modelo de un organismo vertebrado presuntamente similar a un hombre que la ciencia se apresuró en clasificar como antepasado biológico del mismo. Con igual éxito se pudiera establecer que el hombre desciende del oso o del cerdo.
Esta es una minúscula representación de hasta que punto la ciencia puede apartarse de sus principios de rigor, imparcialidad y determinismo a la hora de tratar de demostrar aquello en lo cual pretende creer a toda costa; alguien me dirá que la ciencia ha hecho nuestra vida más llevadera y yo me apresuraré en decirle que valore bien esa idea antes de expresarla dado que hoy no somos ni más libres, ni más inteligentes, ni más saludables y lo único que la revolución científico-técnica nos ha legado con toda seguridad es un planeta muy contaminado.
Sin llegar al extremo de declarar que la ciencia es un lastre, dado que tiene bien merecido su lugar en la búsqueda de la verdad, sería casi irracional negar la existencia de una idea que ha constituido el eje de la sociedad humana durante miles de años y de la cual han dado testimonio algunos de los mejores representantes de la humanidad; los más valientes, sabios, justos y abnegados entre los hombres.
Esta idea se encuentra en la base de una buena parte de los sistemas filosóficos que la historia no ha logrado refutar y siguen vigentes en la actualidad.
Dios es tan posible o imposible como pueden serlo las partículas elementales, la antimateria, la teleportación o los viajes a través del tiempo, conceptos que la ciencia contemporánea valora con toda seriedad.
No es hora de rechazar la idea de una conciencia universal en los orígenes de la existencia, por mucho que creamos conocer del mundo, del universo y de nosotros mismos, el hombre no deja de ser una partícula invisible en la inmensidad de la creación.

miércoles, 29 de julio de 2015

Poema definitivo



Gustav Klimt, "Bronze autumn"

Eres la estrella incauta que dormita en
La noche insular de mis deseos,
Débil amparo y norte de mi ruta;
Tus manos originan la sed de
Nuestros cuerpos.

Entre mis dedos ateridos germina tu nostalgia,
Surca mi sangre el rápido perfil de una caricia,
Mis versos humedos zozobran en la brisa que dio
Fragua y hogar a tu destino; late mi pluma intacta
Jugando a ser promesa y devora en su luz la paz de
Tu tristeza.

Eres libre de ser cuanto de ti detesto y
Condeno a ser pasto y estigma de
una letra, pero libre de ti no he vuelto a
Ser el viento que en cada pájaro insurgente
Fecunda un imposible: una mañana, un ángel
O un silencio.

Porque perderte es renunciar al laberinto,
Cual rebelión gentil de un sueño en escarlata;
Válgame tu recuerdo manchado de llovizna
Más que un adios sutil sediento de tu alma.

miércoles, 1 de julio de 2015

Teoría de masas

Misha Godin, "Multitud"

Hace hoy ya más de veinte años, un nutrido grupo de artistas, críticos, periodistas y simplemente amantes del arte se dieron cita en una de las salas del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana para asistir a la experiencia memorable de conversar con un eminente artista plástico cubano acerca de su experiencia como creador y como promotor de uno de los movimientos más novedosos y renovadores en la historia de las artes plásticas cubanas.
En medio de la plática animada, las risas, las exclamaciones que iban ensartándose dentro de un ambiente gratamente bohemio, aquellos hombres y mujeres, virtuosos en su mayoría, fueron alcanzando aquel estado de exaltación tan conocido por los súbditos del arte en que el mundo material se desvanece y un aluvión de sensaciones liberadoras invade irrevocablemente la realidad hasta hacernos brotar alas en el corazón; esa catarsis redentora sin la cual el arte no vale nada.
Sumergido en aquel estado de gracia el artista tuvo la ocurrencia de criticar con palabras moderadamente duras aquello que constituía uno de los temas centrales de su obra en aquellos tiempos: el deplorable estado de la moda como manifestación cultural en la vida de nuestro dantesco micromundo insular.
Una exclamación aprobatoria invadió el recinto pero pronto se vio interrumpida por una voz solitaria que gritaba:
- No me gusta la forma en que está usted criticando la moda cubana.
La dueña de la voz resultó ser una mujer joven, vestida sin un ápice de buen gusto en el estilo unisexo que se impuso en Cuba desde los primeros años de la revolución. El artista se interesó por saber si la mujer en cuestión era crítico de modas, modista o al menos periodista especializada en el tema mas después de descartar todas las variantes, la mujer se presentó como secretaria de núcleo del Partido Comunista.
- ¿Usted habla en el nombre de su partido o en el suyo propio? – se interesó el artista.
- Hablo en el nombre de las masas – respondió orgullosamente la mujer. Al escuchar lo cual el artista exclamó:
- Pues a mí no me gusta la palabra masas. El término masas es un recurso para despersonalizar a los individuos y convertirlos en un conglomerado homogéneo sin rostro ni voluntad que se puede echar a rodar en cualquier dirección.
De más está decir que la velada quedó estropeada irremediablemente, la sensación de libertad quedó relegada a la certeza de ser cada uno una mísera célula en aquel organismo monstruoso, carente de voluntad y albedrío, obligado a gritar consignas vacías y ser partícipe de actos que no encuentran su justificación en la burda realidad circundante; no obstante, yo sé que aquella tarde definió muchos destinos.
Alguien se habrá preguntado alguna vez porque resulta poco menos que imposible diferenciar por su aspecto a un águila de otra águila o incluso a un simio antropomorfo del resto de sus congéneres. No en vano Dios hizo a los hombres diferentes, tanto en el aspecto como en la personalidad; la individualidad juega un papel esencial en nuestras vidas, el hombre nunca podrá sacrificar su ego por el impulso ancestral de ser miembro de un grupo social.
El día en que se escriba la relación póstuma de los crímenes del comunismo será preciso reservar un lugar especial a los crímenes contra la personalidad.
Desde aquella lejana tarde en el Museo de Bellas Artes la vida en nuestra isla parece haber caído en una profunda anabiosis de la cual no han logrado despertarla siquiera los aires de renovación que desde hace ya más de medio año la cruzan en todas direcciones; el único signo irremisible del paso del tiempo son las ruinas decadentes de la otrora perla de las Antillas y la cohorte de fantasmas en las cuales ha convertido a sus habitantes el criminal intento de abolir la individualidad.

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Mis raices

A donde van ahora mismo estos cuerpos que no puedo nunca dejar de alumbrar...

Silvio Rodriguez

Jose Marti

Subita de un salto arranca,
hurtase, se quiebra, gira;
abre en dos la cachemira,
ofrece la bata blanca.

("La bailarina española")



Yo vengo de todas partes
y hacia todas partes voy,
arte soy entre las artes
y en los montes, monte soy.

("Versos sencillos")



El amor, madre, a la patria,
no es el amor ridiculo a la tierra,
ni a la hierba que pisan nuestras plantas;
es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca...

("Abdala")


Mirame, madre, y por tu amor no llores.
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores.


(Carta a Leonor Pérez desde el presidio de Isla de Pinos
el 28 de agosto de 1870)

* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Jose Lezama Lima

Dánae teje el tiempo dorado por el 
Nilo 
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro
nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que
borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.
Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua
alfilereada?
.................................................... 
Así el espejo averiguó callado,
así Narciso en pleamar fugó sin alas.


("Muerte de Narciso")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Jorge Luis Borges

"Una rosa y Milton"


De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas
Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,
Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado
Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.




Las plazas agravadas por la noche sin dueño
Son los patios profundos de un árido palacio
Y las calles unánimes que engendran el espacio
Son corredores de vago miedo y de sueño.

(La noche cíclica)



"El enamorado"

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lamparas y la linea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persepolis y Roma y que una arena
sutil midio la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Solo tu eres. Tu, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.



* * * * * * * * * * * * *

Pablo Neruda

Empujado por los designios de la tierra,
como una ola en el mar, hacia ti va mi cuerpo
y tú en tu carne encierras las pupilas sedientas
con que miraré cuando estos ojos que tengo
se me llenen de tierra.

("Amiga no te mueras")



Hemos perdido aun este crépusculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

("Poema 10")



Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

("Si tú me olvidas")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Nicolás Guillén

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco.

("Balada de los dos abuelos")


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