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sábado, 7 de enero de 2012

Entre la niebla y la montaña

Junto al recodo postrero del camino, apareció de repente la silueta inconfundible de Ricardo. Venía sonriente, como de costumbre, plácido y volátil como un ángel; flotando sobre el polvo que hacía desprender del suelo con el rítmico andar de sus largas piernas.

- Ya viene por ahí – dijo Marcio, como si hablara con su propia sombra.

Marcio y los hermanos Ávila, abandonados hasta ese momento a la contemplación silenciosa de la corriente, se pusieron de pie al mismo tiempo, como movidos por un resorte, y esbozaron tres identicas sonrisas.La forma, asombrosamente sincrónica, en que se desarrolló la escena hizo reir a Ricardo. Sus amigos rompieron a reir en pos de él, con la extraña y ambigua sensación de estarlo haciendo por primera vez en su vida y, por demás, en el momento menos oportuno.
La mala noticia, que recibieron a temprana hora, seguía martillando en cada mente sin sosiego. La llegada de Ricardo, su buen estado de ánimo, incluso el sol que asomaba a hurtadillas entre las retorcidas ramas de los algarrobos, eran como una ráfaga de buen augurio.
Había sucedido inesperadamente, como suelen suceder esas cosas que cabe esperar. Nino, el hijo menor de Teresita Chang , se despeñó en visperas de Acción de Gracias tratando de escalar por enésima vez el Monte Miraflores y, al decir de las malas lenguas, estaba vivo de casualidad.

- Bueno, cuentanos – sugirió Marcio.

- ¿Que quieres que te cuente? – replicó Ricardo – Por ahí viene el héroe de la película. Él mismo te hará el cuento.

- Bicho malo nunca muere – comentó Jacinto con su voz gangosa y se ganó una tunda de gorrazos, que Eusebio dejó caer sobre la cabeza siempre desgreñada de su hermano.

- No seas zángano – insistió Eusebio -. Cuenta, por lo menos, que te dijo el médico.

Ricardo puso el índice de la mano derecha al nivel de su hombro izquierdo.

- Se rompió el brazo – dijo, seguido de un coro de lamentaciones – Y la clavícula – añadió poniendo esta vez el índice sobre el lugar de referencia, mientras el coro pasaba de un re menor a un do sostenido.

- Me imagino que no debe haberse roto la cabeza... Si la tuviera sobre los hombros, no le hubiera dado por treparse al Miraflores; cuanto más solo y de noche – rezongó Jacinto.

- ¡Miren quien habla! – dijo Eusebio a su vez, con tono burlón -. Cuando llegue a la casa te esconderé la bicicleta. No te vayas a romper la cabeza por ahí.

- No te preocupes – replicó Ricardo con sorna -. Eso de salir sin cabeza, el te lo dice por propia experiencia.

Un nuevo coro, en esta ocasión de carcajadas, sirvió de fondo al enrojecimiento del rostro de Jacinto, del cual era imposible decir si enrojecía de ira o de vergüenza.

En plena jarana estaban los cuatro, cuando en la banda opuesta del parque, allí donde cruza sobre el río un puentecillo de piedra, hicieron su aparicion “las mellizas”.

Laura y Estefanía venían de todo blanco, salvo las cintas rojas que ceñían sus cabellos. Igualmente rojas eran las bandas que ajustaban los vestidos al nivel de sus breves cinturas, remarcando el de por sí notorio volumen de sus caderas.

El cuarteto hizo un silencio repentino, absorto en la contemplación del doble milagro que encarnaban aquellas tiernas mujeres.

Ajenas a todo cuanto sucedía alrededor, las hermanas pasaron balanceando, con aparente descuido, sus armoniosas formas; hasta convertirse en el centro absoluto de cada pensamiento y expulsar en pos de si a toda idea que no tuviera relación con ellas.

Todo aquello que los ojos azorados de cada joven eran incapaces de captar, hallaba reflejo en su fantasía; tomaba cuerpo, armandose de sensaciones oculares y táctiles, de colores, sabores y aromas diversos, entrelazados en las más intrepidas de las situaciones imaginables...

- Jacinto, apartate, que me estás babeando.

Una nueva risotada sirvió de aprobación a la broma de Eusebio. Entretanto, su hermano había abierto la boca para protestar, pero no alcanzó a decir nada, porque las chicas estaban ya tan cerca que sería imposible evitar ser escuchado.

En aquel preciso instante, apareció detrás de un algarrobo la figura rolliza de Martica. Al ver a las mellizas dejó escapar un chillido discretamente exagerado, puso al descubierto dos hileras de dientes atrapados entre artilugios estomatológicos y salió disparada a saltos de canguro, con el indice de la mano derecha atrapado en la correa que ajustaba una sandalia al talón de su pie izquierdo.

La escena en sí misma resultaba cómica, no obstante, a ninguno de los chicos le dió por reirse. Los cuatro se quedaron callados, sumergidos en un silencio tan meditativo como inusual entre ellos, mientras miraban a Martica saltar en pos de las mellizas, como quien mira una mosca ahogandose en la sopa.

Estefanía, la menor de las dos hermanas, sumergida a medias en la música que inundaba los audifonos embutidos en sus oidos, creyó leer algo similar al pánico en los ojos azorados de los cuatro muchachos que - por alguna razón incomprensible - ya no estaban mirandola a ella, y se dio media vuelta.

- ¡Martica! – gritó Estefanía con un falsete tan deliciosamente hipócrita, que hizo bufar a Jacinto.

Entre tanto, Martica alcanzó jadeante el recodo del camino, donde se habían detenido a esperarla las hermanas, agarró a cada una por un brazo y se aprestó a embadurnarles de carmín las mejillas a fuerza de besos y a torcerles las trenzas en lo que nadie, excepto ella misma, logró interpretar como una expresión de afecto.

Iban pasando las tres junto al cuarteto, cuando Jacinto, que ya no podía contener tantas emociones, dijo:

- Adios, preciosas.

Martica se detuvo en seco, arrastrando en su inercia a sus agraciadas amigas y, volviendose en dirección a Jacinto, replicó con el más ácido de sus tonos:

- Preciosas, pero no para ti, zoquete.

La risotada levanto en vuelo a los patos que tomaban el sol en la orilla.

Jacinto estaba rojo como un tomate y esta vez - nadie lo dudaba - enrojecía de ira.

- Tú lo que eres una... – empezó a decir Jacinto, pero no terminó la frase porque su hermano le tapó la boca.

- No ofendas a las damas – le dijo Eusebio con tono aleccionador.

- ¡Dama! ¿Ese adefesio? – replicó Jacinto a voz en cuello – Si eso es una dama, tu eres... Marilyn Monroe.

Esta vez, a Ricardo se le aflojaron las piernas de la risa, y se cayó de bruces sobre el cesped. Desde esa posición, lo primero que vió fueron las botas rusticas de Nino, que se había sentado a descansar sobre un tocón, sin que nadie advirtiera su presencia.

- ¡Nino! – gritó Ricardo en medio de su risa.

- Parece que la estamos pasando bien – replicó Nino con su voz grave, saturada de tonos risueños, sin dejar por ello de parecer muy triste.

Eusebio, Jacinto y Marcio se dieron vuelta en dirección a la voz, radiantes de alegría. Marcio se puso en pie de un salto y en dos zancadas, alcanzó la cima del montículo donde se había sentado su amigo. Se puso de rodillas junto a él y lo encerró en un abrazo ligero, tan ligero como lo permitieron las circunstancias, tratando esmeradamente de no lastimarlo.

- Estamos felices de saber que estás a salvo – le dijo.

El resto de los chicos se fueron acercando uno a uno, estrechaban la mano libre de Nino, lo elogiaban, lo alentaban...

– ¡Vaya, caramba! ¡No exageren! – protestó Nino - ¡Ni que viniera del frente!

– Es casi lo mismo – replicó Marcio-. No te imaginas lo que es abrir la puerta de madrugada y encontrarme a la Lola en el portal, blanca como una hoja de papel y me dice así, con la voz en un hilo: “¡Ay, Marcito!... Nino se mató...”

- ¡Que exagerada es esa loca! ¿De donde saco eso?

- La hermana trabaja en emergencias, Nino – dijo Ricardo, casi en un susurro.

Nino lo miró de soslayo y se dió cuenta que algo no andaba bien. El tono de su voz no era el mismo de siempre, su rostro se mostraba taciturno y tenía algo así como una nube gris clavada entre las cejas.

- ¿Que te pasa Ricardo?

- Nada, hombre. Ya todo está bien. –respondió Ricardo mirando de reojo el brazo en cabestrillo de su amigo, como dando a entender que ninguna otra cosa lo preocupaba.

Nino desvió la vista de los ojos de Ricardo y miró por encima de sus hombros, en dirección al banco donde se habían detenido a descansar las tres muchachas.

Iba a decir algo, mas la voz de Jacinto desvió el curso de sus pensamientos.

- No te quieres la vida, hermano.

Nino lo miró fijamente y le dijo:

- Mucho más que tú.

- No, hombre, no. No digas eso. A mí no se me ocurriría treparme allá arriba – respondió Jacinto señalando con la barbilla la cima del monte.

- Cuando estás allá arriba - replicó Nino -, comprendes el sentido y el valor de tu propia existencia.

Y regresó cojeando al lugar donde se había sentado al llegar.

Una vez allí, tendió sobre el tocón su casaca y acomodandose como pudo, empezó a decir:

- La vida es como la niebla, cuando estás sumergido en su nutro no eres capáz de verla. Tan solo ves la niebla que rodea los territorios vecinos, donde se desarrollan las vidas ajenas. Y mientras la vida de otros permanece - según tu parecer - sumergida en la niebla, la tuya propia se establece en plena claridad. A donde quiera que vas, la niebla se despeja y todas las cosas parecen hacerse más claras cuando están al alcance de tu mano.

Nino se puso de cara al monte y extendiendo el brazo, como si quisiera rozar la cumbre con los dedos, continuó diciendo:

- Pero basta escalar esa ladera y mirar hacia atrás, para ver que la niebla envuelve por igual a los hombres y a las bestias, y a cada árbol que germina en el valle. Te haces consciente de la estrechez vulgar en que se desenvuelve la madeja de tus días y empiezas a ansiar la cumbre del monte, como único camino hacia el conocimiento de ti mismo.

El conocimiento es como esa montaña. Subirla a solas puede ser a veces aburrido y siempre peligroso. Casi siempre requieres de alguien que te sirva de apoyo, al menos con la certeza de su presencia. Un camarada, un aliado, un discipulo, un amigo... Alguien que presienta y ansie el camino hacia la cumbre con el mismo ímpetu y afán que te animan.

Mas, el día en que el destino ponga un compañero en tu ruta, no serás nunca capáz de predecir a quien tendrás colgado al otro extremo de la cuerda cuando el viento helado de la cordillera azote a los dos por igual y urja decidir si es preciso detenerse, continuar o volverse atrás.

Los obstaculos son siempre los mismos, pero unos hombres se crecen ante ellos y otros desaparecen sin dejar huella.

No es suficiente el valor, a la hora de decidir si tienes que morir atado a tu compañero o cortar la cuerda y salvarte tú solo, y no se puede juzgar a nadie por tomar la última decisión, porque la vida es todo cuanto posee en realidad un ser humano.

Mas, no hay palabras para describir lo que se siente si descubres que ya no hay nadie al otro lado de la cuerda, porque tu compañero cortó el extremo que te ataba a él para salvarte la vida, a costa de la suya propia.


Nino dió media vuelta y vió los rostros pensativos de sus cuatro amigos, que lo miraban como si lo vieran por primera vez. Se puso en pie delante de Jacinto y señalando con discreción hacia el lado opuesto del parque le dijo:


- Aquella chica que ves allí, a la que hace un rato llamaste adefesio y negaste literalmente su derecho a ser considerada una dama, vale más que esas dos “reinas” que la acompañan. Estefanía y Laura viven tan seguras de si mismas, tan satisfechas de los atributos que la vida les otorgó sin el más mínimo esfuerzo que, con toda probabilidad, las veremos arribar al otoño de sus vidas sin una mano sobre la cual apoyarse, o desencantadas de saber que los años vividos estuvieron colmados de vanidad, que no alcanzaron a entender el verdadero sentido de la vida, eso que llaman felicidad, fidelidad, amor...

Martica es el polo opuesto. Debajo de su aparente torpeza, esconde una notoria inteligencia y un gran corazón. En ella está despuntando una mujer muy bella y, lo que es más importante, apasionada y sensible; una mujer capáz de darlo todo por aquel que sepa llegar a su corazón. Una mujer así es capáz de hacer felíz a cualquier hombre y nunca, bajo ninguna circustancia, lo dejará en la estacada.

Pero tú, Jacinto, la miras a través de la niebla y no puedes ni siquiera entrever cuanta verdad hay en lo que estoy diciendo ahora.

Mas, no te aflijes, Jacinto, no eres tú quien más reprobablemente actua. Tus impresiones se alimentan de tu propia ignorancia y amor propio. Te aseguro que hay quien conoce a Martica mucho mejor de lo que tú o yo podamos imaginar y ha compartido con ella mucho más que una amistad, pero se averguenza de reconocerlo por temor a lo que digan los demás, al punto de quedarse callado mientras tú la ofendes en su presencia y tragarse su enojo aunque le hierva la sangre, como si de ello dependiera su honor o su vida.

En verdad, de nada vale a una persona así subir a la montaña. Preferirá cien veces regresar al valle y a la niebla que cubre por igual a todas las bestias...




Como un telón incendiado, se desacía la tarde en la penumbra. Cada cual permanecía inmovil en su sitio, petrificado por el peso abismal de las ideas, detenida la mirada en la corriente grávida del río que fluía sin parar, como las arenas del tiempo.

Solo Nino y Ricardo se miraban fijamente a los ojos, apretando en sus puños algo más que una duda, legando al silencio aquellos sentimientos que, en la hora crucial, no se pueden albergar en palabras.


Al otro lado del parque, Laura y Estefanía se miraban sin decir palabra. En la expresión de cada rostro se dibujaban sincrónicamente los mismos pensamientos. Martica, detenida a dos pasos de ellas, las observaba con una mezcla de contrariedad y asombro; como si asistiera al trance de Alicia, detenida al borde del espejo, debatiendose entre la indesición y la curiosidad.

- ¡Que indiscreta eres! – le reprochó Laura a su hermana – Te pedí que no hicieras comentarios.

- ¡No exageres! – replicó Estefanía – ¡Ni que se tratara de un secreto de estado!

Miró a Martica de soslayo con un dejo de sorna y desdén – acaso envidia – y añadió:

- Tarde o temprano se va a enterar todo el mundo. Ese es el privilegio de vivir en provincia.

Laura miró a Martica que permanecía de pie, frente a ella, sin decir una palabra. Bajo la tenue luz del ocaso, la palidéz de su rostro se le antojaba sepulcral.

- ¿Te sientes bien? – le preguntó.

Martica movió la cabeza en gesto de negación.

- Querida amiga, entiende, esta es mi hermana. Nosotros nos contamos todos los secretos.

- Los secretos no son para contarlos – replicó Martica -. Sobre todo los secretos ajenos, las ideas que no nos pertenecen y que alguien nos ha confiado alguna vez.

Se quedó mirando la colina junto al río, donde el grupo de jovenes se había convertido en un puñado de sombras.

- Laura – pronunció Martica con voz clara y apacible -. Si no eres capáz de valorar lo que yo siento, no me llames amiga.

Y se largó tropezando con la oscuridad que iba llenando todos los caminos, hasta perderse de vista.

- Pobre muchacha – murmuró Laura.

- Pobre muchacha – murmuró, a lo lejos, Martica.


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Si esclavo de mi edad y mis doctrinas tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores.


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* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

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¿No se apresura tal vez su fría mirada
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alfilereada?
.................................................... 
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* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

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Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.




Las plazas agravadas por la noche sin dueño
Son los patios profundos de un árido palacio
Y las calles unánimes que engendran el espacio
Son corredores de vago miedo y de sueño.

(La noche cíclica)



"El enamorado"

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
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las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
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sutil midio la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Solo tu eres. Tu, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.



* * * * * * * * * * * * *

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Empujado por los designios de la tierra,
como una ola en el mar, hacia ti va mi cuerpo
y tú en tu carne encierras las pupilas sedientas
con que miraré cuando estos ojos que tengo
se me llenen de tierra.

("Amiga no te mueras")



Hemos perdido aun este crépusculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

("Poema 10")



Tú sabes cómo es esto:
si miro
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la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
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("Si tú me olvidas")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

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los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco.

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