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lunes, 26 de julio de 2010

Cronica de un retorno al paraiso


George Grie, "The way out"

Crispada en la violencia de un lamento mostrábase la faz común de un mal nombrado océano, retraído en su ira de capricho ignorado, indómito y voráz, como un planeta ignoto.

Abríase, al ocaso postumo del mes, una barrera grís en el poniente; inocente escenario de la noche próxima, moteado de gaviotas ávidas de luz, vastagos proscritos de un remoto horizonte, donde la tierra vino a ser una reminiscencia, la antesala mordáz de un vuelo divergente.

Sobre el abismo azul blanqueaba, trémula, una vela solitaria. Encerrado en su cuenco de ruinosa madera, un hombrecillo triste aguzaba los sentidos en la ruta del sol que ya moría.

Tras la linea imprecisa que eructaba la noche, el hombre creía percibir las curvas sinuosas de la tierra; suaves y seductoras en la distancia, cual pechos de mujer promisorios de abrigo.

Mas la tierra era el confín de una ilusión, un sueño hecho materia en aquel otro horizonte, donde las ansias conforman los sentidos.

El viento se encimaba y agitaba las aguas, hacía temblar las jarcias abrazado a la vela. Avanzaban así, en crescendos paralelos, el viento y la noche, agitando indolentes al hombre y su barca; carne y madera, como un solo cuerpo, unidos en el pulso violento de una mano en el timón, perdidos en la niebla lacerante que tragaba las estrellas y dejaba, sostenida en el vacio, la nota monocorde de una tempestad.

El hombre, de tez cobriza y manos de gigantez insólita, llevaba el desamparo inscrito en la mirada. Su piel se adivinaba en otro tiempo blanca, ahora curtida por cuanto elemento era presto a grabar su huella sobre la piel humana. Sus mejillas marchitas, sus ojos de mirada frenética... todo se escondía tras la maraña de una barba desaliñada y maloliente, inextricable cual la selva, en cuyo centro se abría una boca de labios partidos y dientes manchados por un sinnúmero de vicios.

De haber tenido tantos nombres, no recordaba aquel con el cuál le bautizaron. Alguna vez llevó una prospera existencia, sin haber dejado por ello de ser pobre, mas quiso el azar un día hacerle conocer el infortunio. De forma inesperada cambió la ruta de su presunto destino, el tiempo dejó de ser el placentero rio que surca displicente la extensión de la vida, sembrando a su paso incertidumbre y prisa. El hombre se vió despojado de todo, desterrado para siempre a un sitio recóndito en la selva, donde iban a languidecer en la agonía de sus ilusiones destrozadas, los reos de su clase.

Allí se hecho a morir bajo la hiel del látigo, perseguido en la noche por el gemido insidioso de la jungla y el fantasma tangible de la fiebre, que germinaba en los medaños de la ciénaga y saturaba el aire con los miasmas infectos de una tierra donde acaba el mundo.

Al cabo de semanas incontables de sangrar en silencio, de escuchar a la muerte haciendo nidos delante de su rostro; se descubrió arrastrado en plena noche a la carrera de su instinto, destrozando sus restos en el cuerpo afilado de la selva, que juraba devorarlo a cada paso.

Solo un golpe de suerte lo arrancó de las garras del jaguar, de la mordida infalible de las sierpes, de las fauces de un centenar de carniceros, dueños de aquel reino sofocante donde él era un intruso.

Después de haber corrido sin descanso durante un día con su noche, abrazado al terror en cada recodo de su agonía, divisó un claro en la maleza donde se alzaba a hurtadillas un puñado de chozas de palma y bambú. 

El claro se abría en semicírculo sobre la corriente soñolienta del rio donde, casi inmóvil en la oscuridad, se alzaba la silueta de un mástil.

El hombre alcanzó la orilla amparado en las ventajas de la hora temprana, saltó a la barca y, soltando amarras, se puso al pairo. La corriente lo arrastró con fuerza y al despuntar el alba navegaba en el centro del cauce, encerrado en el verde cegador de la maleza.

Tomó la precaución de ocultarse en la selva al calor delirante del día y en cuanto la franja celeste detrás de los árboles se cubría de estrellas y en la jungla se apagaba la algarabía de los monos, sacaba la nave de su escondite y retornaba al curso monótono de la corriente.

Así logró pasar sin ser visto ante poblados y regimientos y al amanecer del tercer dia, alcanzó el delta del río y se escurrió, fugaz, hacia el océano.

Fué aquel mismo temor a ser descubierto, el que lo obligó a adentrarse en el mar hasta perder de vista toda tierra. Primero fué la franja blanquiverde de la costa, más tarde los penachos nevados de la cordillera y cuando, al atardecer, se vio rodeado por el desierto ondulante de las aguas; todo el cansancio de la fuga afloró de golpe en su cuerpo y lo derribó sobre la cubierta.

Se sintió como un niño, mecido tiernamente al antojo de la brisa. La certeza de ser libre le hizo brotar del corazón una sonora carcajada que, reculando sobre el agua, espantó a las gaviotas con su timbre de aluvión gravoso y torpe.

Así transcurrieron las horas, sin grabar su huella errante entre los sentimientos difusos, mas al atardecer la claridad se esfumó sin preambulos, la brisa se cubrió de frigidez y una avalancha gris se desplegó ruidosamente sobre la faz del cielo.

La cercanía de la tempestad, llenó al hombre de una inquietud serena, cuál guerrero que aguarda su próximo combate. Había navegado rumbo al norte, buscando la salvación en nación extranjera, había acabado por perder de vista la faz del continente y al chocar con la tormenta, se mantuvo luchando horas enteras contra el pérfido oleaje hasta tener la sensación repentina de que el mar se retiraba en calma.

Era tan solo una mera ilusión de sus sentidos, de su alma mutilada por la oscuridad, el frió y el fragor de la lluvia. Era que descendía a la sima de un abismo acuoso y tenaz, cual su propia tristeza, sobre el cual se abatiría sin remedio la mole rugiente de una ola.

En el último instante presintió la cercanía de la muerte, sintió que algo más duro que la noche le cortaba el camino y, en el rincón preliminar de la inconsciencia, su pensamiento se elevó a lo más recóndito del firmamento; donde buscan las almas la postuma razón de su existencia.

  

 

La claridad se extendió como un manto desde el horizonte y golpeó el rostro del hombre abrazado al madero. Un agudo dolor le hizo saber que aún vivía. A la sorpresa de estar vivo siguió una sensación de ancestral alegría, que pronto fué borrada por la certeza de hallarse abandonado entre las dunas del océano; indefeso y errante en medio de un desierto de blandas entrañas, condenado a morir calcinado, devorado para siempre entre las fauces de su abismo.

Maldijo a gritos la hora en que el azar lo rescató de la tormenta. Golpeaba con sus puños la madera hasta quedar exhausto, ajeno al dolor de sus nudillos sangrantes.

Sacudido por las ondas ligeras de la mar en calma, se abandonó a recordar los escollos de su vida. Se sorprendió al descubrir un pasado escabroso, colmado de crímenes de la más variada escencia, de vicios mezquinos y ambiciones infértiles. Se sintió despreciable y en su mente aturdida tomo cuerpo la idea del castigo divino. Se hecho a llorar desconsolado, hilvanando entre lágrimas una cadena entrecortada de marchitos versículos rescatados en el fondo irregular de su oscura memoria.

Se abandonó al rezo con la pasión de quien se reconoce al borde de la muerte, con la ternura triste del desamparado, arrullado por el murmullo lánguido de su propia voz, hasta quedar sumido en una indiferencia incolume, ajeno a todo cuanto le rodeaba; inabarcable extensión, tan pobre en detalles, que no alcanzó a percibir la figura plana de una aleta, hasta tanto no se interpuso en la dirección de su mirada.

La palabra "tiburón" se abrió paso en su mente, matizada con todo el terror que le es innato. Una oleada de pánico se apoderó del hombre, su cuerpo era sacudido por un temblor mezquino, cási doloroso. Comenzó a trepar desesperadamente, intentando colocarse a hocajadas sobre el madero salvador, pero no lograba mantener el equilibrio y era lanzado una otra y otra vez de vuelta al agua. La aleta había dibujado un circulo perfecto y, hendiendo las olas con presteza, avanzaba al frente de su estela hacia la figura indefensa del hombre que, cerrados los ojos y aferrados los brazos al madero, aguardaba su muerte.

En la semipenumbra de sus parpados cerrados, una carcajada infantil se abrió paso en el viento, disipando la algarabía contumaz de las gaviotas...

El hombre abrió los ojos y se halló ante una criatura de presencia inaudita; frente amplia y lisa a cuyos lados lucía, engastados como perlas, dos ojillos de mirada risueña. La boca coronada de menudos dientecillos se proyectaba en una suerte de hocico, que dejaba escapar a intervalos una risa casi humana.

El hombre nunca habia visto un delfín y aquella criatura insólita y feliz se le antojó un ángel de las aguas. Fué grande su sorpresa cuando el cetáceo le ofreció su lomo y el hombre, dando gracias a Dios, se abrazó a él y se dejó llevar libremente entre las olas.

  

 

La isla no evocaba parajes comunes. No era el vértigo agreste de la sierra, ni la maraña sofocante de la jungla, tanto menos la gélida oquedad del páramo.

Embriagada de sol, serpenteaba libremente la blanca franja de una playa. Sobre su limite impreciso germinaba una vegetación feraz; no la maraña rabiosa de la selva envenenada y arisca, más bien la mágica visión del paraiso remoto.

Vegetaban, por doquier, árboles exóticos cargados de frutos jugosos y dulces como miel. La somera extensión de un bosquecillo abrigaba a su sombra pájaros cantores, alcaravanes regios de vistosos colores, criaturas disímiles, que se agitaban en torno al hombre, ajenas al recelo y la violencia.

A la sombra de los árboles brotaba un surtidor de agua dulce, cuyo torrente se vertía a través de un estrecho cauce en una amplia laguna costera. Como cada verano, la laguna estaba llena de delfines en celo, el sitio era acogedor y estaba resguardado del oleaje por un sólido arrecife. El fondo del estanque estaba cubierto de plantas marinas, anémonas, corales y rocas cristalinas y pulidas como joyas.

Incose el hombre de rodillas y elevó al cielo despejado una plegaria lánguida y lacrimosa. El nunca habia creído con fervor en Dios, el lejano bautizo que lo unía a su iglesia, lejos de arrojar al demonio de su alma, parecía haberlo inmunizado contra la acción divina. Había pecado sin dolor ni medida, sin temor al castigo sinuoso del infierno, sin ansiar más paraíso que los placeres del mundo. Ahora, en cambio, presentía al creador en todos los rincones, sentía vibrar su voz llenando el viento entre las palmas, escuchaba sus pasos en el golpear del agua que besaba la orilla, lo palpaba en el fuego de aquel milagro luminoso que llenaba el aire y agitaba la vida en los corpúsculos de la tierra y en la entraña bravía del océano insurgente.

Se sintió libre de toda su maldad, presto a cambiar su existencia azarosa y brutal por aquella que se acusaba omnipresente delante de sus ojos y, por primera vez en muchos años, se sintió feliz.

 

 

Una calurosa mañana de postguerra, el oficial de guardia a bordo de un acorazado de la armada imperial, divisó una silueta humana sobre la superficie desierta de un islote. Al ser traído a cubierta, el hombre en cuestión, resultó ser un viejecito menudo y cubierto de pelos, que hablaba atropelladamente en una jerga de pájaros. Resultaba imposible determinar su edad y cuanto tiempo había pasado en aquel sitio. Sobre la faz agreste del islote no crecía tan siquiera la hierba, no se percibía la más mínima manifestación de vida orgánica, la única fuente de agua dulce era un hilillo turbio que nacía entre las rocas y se escurría dando tumbos hasta morir en un pantano infecto de la costa. La superficie desnuda del islote estaba cubierta de huesos de pájaros y peces, semillas, restos de fogatas y artilugios de madera de finalidad insospechable.

El médico de la tropa, sin llegar a entender una palabra de cuanto barbotaba el viejo, acabó por decidir que estaba loco y la tripulación decidió deshacerse del orate en la primera escala en tierra firme. La nave surcó pesadamente las aguas y se esfumo en el horizonte.

  

 

Abandonada en la distancia, desnuda y sepultada entre mar y cielo, quedó la linea sombría de la isla; mutilada y triste en su mudo desamparo, como una flor sedienta se marchita, como un naufrago afín suele perderse en el vórtice tenáz de una tormenta.


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* * * * * * * * * * * * *

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