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miércoles, 27 de enero de 2010

De tierna luz

Bad Genz, "Despair"

De sangre y fuego es esta rosa,

salvajemente tierna, si de tu voz

florece, ardiente, el alba.


Lejos de ti,

mi vida fue doliente sombra,

místico ser sin alas, presto al vuelo;

pesar que añora y calla sin silencio,

detenido lamento de la noche ecuestre,

fracción de tiempo inextinguible en

la extensión de

un alma.


Si has de vivir en mí, si de tu nombre

brotan las palabras donde nacen los vientos,

cada sol de mi mundo fecunda de

sonrisas nuevas el llanto de tus selvas.


Si de dolor me vistes en tus noches,

sabre guardar entre mis manos francas

una estrella.


Amor de tierna luz, naciente rosa de

soledad transida, deja tu sed varada en mí,

roba de mi dolor remoto

el cielo.


domingo, 17 de enero de 2010

El sueño

Salvador Dalí, "Sueño provocado por el vuelo de una abeja alrrededor de una granada un segundo antes de despertar"

Corría. Pasaban a su lado las cosas más comunes. Su vista iba tragando al paso los atributos forzozos de una mañana inefable: las luces de neón del barrio chino, la gente aturdida en los comercios, la campana herrumbrosa de la vieja iglesia junto a la galería del barrio; galería siempre llena de retratos sin gloria, saturados de polvo, olvido y luces tan breves como el brillo del metal en el corazón de los neumáticos, que rodaban desde todas partes sobre el asfalto ardiente.

Por encima del escándalo crucial de la mañana, su reloj le gritaba una hora irrecordable, como suelen ser las horas que la prisa sostiene en el umbral de una mirada sin ser bienvenidas a la extension impredecible de la conciencia. Todo cuanto estaba sucediendo en aquella justa hora, aun siendo obvio, parecia imposible, porque Plácido Alegría hacia diez años que no llegaba tarde a ningún sitio.

Abandonó la acera. Esquivó de un salto la esquina, de reluciente color azul, de un auto elegante. Puso cara de inocente al chofer que lo insultaba en la brevedad de una palabra lo suficientemente repetida para ser soez. Era un chofer demasiado blanco para esta latitud, demasiado fresco para la estación, como sacado de un cajón de juguetes invernales. Plácido lo tradujo en su memoria al frío artificial de la agencia y aquel recuerdo le hizo acelerar el paso mas allá de lo posible.

La agencia era un edificio de somera dimesion cuya lujosa fachada se avenía mal con el resto de la cuadra. Plácido atravesó el vestibulo con la prisa de una abeja espantada, para encerrarse en el bostezo metálico del ascensor. La ansiedad se lo llevó sin prisa hasta el último eslabón de una cadena vertical de puertas donde le aguardaba, sumida en la impaciencia, una cara de mármol de mirada oculta tras cristales de reflejo oscuro.

En aquel rostro nada parecia nuevo, era el mismo silencio interrogante de los últimos diez años.

La cara hizo una mueca indescifrable y se volvió despacio en la ruta del reloj, al fondo del pasillo, donde las agujas acusaban veintiséis minutos después de las ocho.

Plácido se fundió en su propio sudor, se escurrió entre las estrias duras de la puerta y, dejándose arrastrar por la corriente de sus pasos, alcanzó la penúltima puerta de la derecha.

- No deje de pasar por mi despacho - le advirtió la cara antes de perderse de vista -.

Plácido mordió una maldición debajo de su lengua, franqueó la puerta y atravesó una habitación ruidosamente limpia, sin mirar otra cosa que una cuartilla de papel sobre el escritorio.

“Llámame”

Rezaba la nota bajo un número de seis dígitos. Marcó el número en el disco del telefono con los pensamientos dormidos al otro lado de la calle. El timbre se apagó en una voz jadeante.

- ¡Escucho!

- ¿Quien habla?

- ¿A quien desea?

Plácido quedó suspendido en la certeza de haber vivido antes ese momento.

- ¡Escucho! - insistió la voz y se apagó en un chasquido.

Tras la monotonia del tono de discar, el aire fue colmándose de un fragor de multitudes.

Plácido abrió la puerta del despacho y se encontró en la calle. El mundo entero le gritaba encerrado en el pasillo, deformado por el rectángulo grotesco de las paredes donde solo conservaban su dimension la ventana y el reloj en cada extremo. Las agujas seguian marcando las ocho y veintiséis minutos y el hombre se dejó arrastrar a la vorágine sumido en el terror del tiempo detenido.

El ruido crecía por instantes hasta que todo pareció a punto de estallar y se escondió, de golpe, tras los gritos de una voz solitaria que al margen del bullicio se le antojaba tierna.

- ¡Quitese imbécil! - le gritaba - ¡Quitese que lo voy a atropellar!

Plácido se quedo mirando al centro de la pared bajo el reloj por donde llegaba, corriendo desde el infinito, un auto de reluciente color azul. Su volumen llenaba todo el espacio, de arista en arista. Se sacudió como si despertara y hecho a correr, pero el aire parecia saturado de miel y ceñia su cuerpo en un abrazo indeseable.

A su lado paso corriendo un hombre de magnifico porte, embutido en un mono de entrenamiento. Detuvo con el pulgar el cronómetro que llevaba oculto en la mano derecha y, envolviéndose en su propia silueta, apareció vestido con el habito andrajoso de un peregrino. Placido reconoció al cura Octavio y, sin dejar de correr, lo saludo inclinando la cabeza.

El cura se quedó mirándolo imperturbable y le dijo:

- Será mejor que confieses tus pecados, hijo.

- No tengo nada que confesar - replicó Plácido jadeante en su carrera.

- ¡Necio! - le reprochó el cura con odio - ¡Necio! ¡Necio! - le gritaba y su voz se convirtió en el graznido de un cuervo que se fugó volando en la claridad de la ventana.

Plácido se volteó para mirar hacia atrás y no vio nada. Ni luz, ni sombras, ni formas, ni colores. Era la visión exacta de la inexistencia, la sensación ocular del tiempo, el silencio o el olvido.

Sintió entonces el impacto. Lo alcanzó a la altura del vientre y lo lanzó de espaldas hacia la luz de la ventana.

En el próximo instante todo recobró su dimension y el cielo apareció coronando un camino en el aire saturado de pájaros de todas las clases que gritaban: ¡Necio! ¡Necio!...

Plácido Alegría pretendió levantarse pero algo, que no alcanzó a llamar dolor, lo retuvo en el suelo. Un perro vino a lamer la sangre que mojaba su rostro precediendo un ejercito de hormigas presurosas. Todo se colmo de un silencio imposible y una anciana gris que pasaba, se inclinó sobre el rostro palido del hombre, sacándose una rosa del corpiño. Le acarició las mejillas con tristeza, puso al azar la rosa entre sus dedos gelidos y murmuró:

- No deje de pasar por mi despacho.




Plácido Alegría despertó bañado en sudor, el corazón pugnaba por salirse de su pecho. En medio del espanto escuchó el timbre del telefono y se fué arrastrando los pies hasta la sala. Descolgó el auricular y se aprestó a escuchar.

- ¡Escucho! - casi gritó -.

- ¿Quien habla?

- ¿A quien desea?

Al otro lado de la linea le respondió el silencio.

- ¡Escucho! - insistió -.

Entonces su mirada tropezó con el reloj de pared que marcaba las ocho y veintiséis minutos. Colgó el auricular y, mascullando una maldición, se fue corriendo al ropero.

Mientras se vestía atropelladamente trató, sin éxito, de recordar su sueño de la noche anterior. La prisa lo colocó de dos zancadas en la calle y se lo llevó a la carrera entre la multitud que inundaba los comercios. Al pasar junto a la iglesia su mirada se perdió detrás de la campana, se perdió allí su pensamiento, su dolor, su prisa... solo su cuerpo le arrastraba en avalancha hacia la esquina donde el ojo inferior del semáforo brillaba.

Abandonó la acera de un salto y, volviéndose al encuentro de un recuerdo, recibió en el vientre el impacto de un fantasma nocturno.

Todos los ojos de la calle se volvieron para verlo rodar sobre el pavimento.

Un chofer demasiado blanco para esta latitud, demasiado fresco para la estación, abandonó su sitio detrás del volante y se fué a perder la felicidad ante los ojos sin vida de Plácido Alegría. Yacía el hombre envuelto en si mismo, como si hubiera dormido desde siempre en medio del tránsito detenido.

Tras la multitud que inundaba la esquina pasó a la carrera, como cada mañana, el padre Octavio. Alguien que lo vió pasar, le gritó:

- Llega tarde al confesionario, padre.

- Ese no necesitaba confesarse - le replicó el cura sin dejar de correr -.

- ¿Lo conocia acaso?

- Lo conocí en un sueño – alcanzó a decir el clérigo en medio de su prisa y se alejó corriendo a paso rítmico entre las luces de neón del barrio chino.

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* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

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Debo fingir que hay otros. Es mentira.
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* * * * * * * * * * * * *

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("Poema 10")



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