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jueves, 10 de abril de 2008

La ciudad tardía

Roman Kadaria. Sin titulo



I

Ya retorna el pequeño de la espuma a la orilla,
Sigue su paso de alcanfor en calle de madera;
Resonancia de tiempo recluido y sediento
Junto a la plaza antigua que avizora El Padre.

Trueca su ovillo de hojas tiernas en piedras de ultramar
Y adorna un águila de procesión adusta,
Lo sabe bien el sueño ecuestre de su estípite,
Coronación de glorias en todas las edades,
Ruinosas alas de papel volcadas
Bajo el muro de un lamento,
Quebrada flor de argucias venideras,
Diosa de pan que ha devorado rostros en la arcilla
Sin dolor de la mies,
Ni escarcha en la caricia.

Tornase el loco astuto de vuelta a su recuerdo,
Trasciende el cuerpo un salto en el portón de marras;
Caminillo de reyes entre marino y prócer
Impone El Padre lúcidos dilemas
Y torna al meridiano cielo de sus palmas.

El juez, de cara al mar, sigue su ronda incierta
De cavilar razones desoyendo al infante.
Tiene el menor un sitio que en su celo esconde
Y no confiesa
Al amado genio de la piedra,
Ni al secular titán de séquito nefasto.

Aguardan su minuto, bajo el vitral del coro,
Los enigmas voraces de arcaicas letanías;
Guarda el reloj un verbo cruel entre sus cuerdas,
Burda alusión a un desenlace de tricornios,
Regio quitrín, presupone un corcel,
Abanico floral, destrona un vals dormido
Que reposa sus ansias en el escote ibérico.
Estrellamar ruinosa, rompe un sitio en la fragua
Retraída en la fe lunar que agita los designios.

La mágica esperanza que por azar perece
Y al castigar aquel intento errático vacila,
Ruge a la par del rígido pontífice,
Incitante juglar del verbo ignominioso,
Epitafio plural de un osario en La Espada
Que inocente castiga la paz de su escritura.

El de la cruz marcial,
Guardián de yelmo argenté y alabarda enhiesta,
Presume del crisol estoico de su gloria.
La corona enfilada abisma en su blasón,
Le duele ya su brillo bajo este sol de encanto,
Ya le recita el tiempo en declinar de auroras,
Fogosa miel de caña le desdice,
Lirismo de estridente beso al pie del monte,
Le retira a su manto de sueño palaciego.

Diadema en la guirnalda de monarcas arbóreos,
La sed de rostro sutil,
Intenta una agonía en público y deserta;
Voz de la mar feraz, ya no encierra en la ola
Algo más que un deseo,
Destrona de su manto la pérfida gaviota,
Rizo esotérico de incauta primavera.


Al maestro del siglo,
Al de escasa presencia entre nieves de acanto,
Erosiona en su verbo sentencias de abolengo.
Reunida está su estirpe en las calles del viento,
En el templo armonioso de la Virgen del Puerto.

Estridente tambor, mezcla la cruz al rito de la selva,
Torna luz en su voz ignotos peregrinos.
Cada palmo en la alcoba,
Cual imagen crucial de reflejo historiado;
Es carbón de castigo,
Es tráfico inefable de aberrante estela,
Perverso corazón que desespera en el sigilo
De una orgía frustrada entre pechos de ébano.


II


Si regresa la noche,
En si ciclo anular de claustrada quimera,
El maestro perdido
Ya no desboca el mito de su estrofa ilegible.

Sediciosa, la luna,
Inclina en balaustrada y pórtico un deseo.
Su tristeza de paño, tejida por lisonja,
Suele torcer la nota más viva en la campana.
Acurruca un minuet de paso álgido
Cuando el viento fascina en la explosión cimera y
El duende que despierta al canto de la noche y
Oculta en cada casa una luz a intramuros
Se arroja trasquilado a la calle desierta.

Seráficos maitines claman por su paso
Allí, donde la luz cedió en pregones la mañana.
Si persigues su ruta, donde el amor vacila,
Sucumbe a la nostalgia un eco amigo en la ribera;
Farolillos de agua,
Querubines sedientos de cada nuevo Mayo,
Reflejos de un abrazo de lamento abisal,
Así como El Sublime inspira los intentos,
Declina sin oprobio nuevas agonías,
Así se pudre en tul su catedral de olvido
Cuando la vida evoca toda asidua certeza,
Devorado papel en odres de agua viva y
Alma de rustica madera.


Si regresa la noche,
Insípido argumento que la sal rescata,
Invierte de la bruma frenéticos legados,
Perjura por su nombre en proscrita alacena
Confesiones de amor a pecho abierto,
Reductos de un apócrifo marasmo,
Marioneta prensil que se destoca y
Llora la ilusión del párroco en su mitra.
Lívida fe causal,
Asidua en la amalgama de siniestros acuerdos,
Evitables perfiles que la sombra enajena,
Heráldica nostalgia y, en saturado vuelo,
Un grito que fascina de regreso al fastuoso,
Al otrora inquietante desliz de
Una ciudad tardía.

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Mirame, madre, y por tu amor no llores.
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(Carta a Leonor Pérez desde el presidio de Isla de Pinos
el 28 de agosto de 1870)

* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

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Nilo 
envolviendo los labios que pasaban
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La mano o el labio o el pájaro
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y en su celo se esconde y se divierte.
Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
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¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
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del dormir, llama fría y lengua
alfilereada?
.................................................... 
Así el espejo averiguó callado,
así Narciso en pleamar fugó sin alas.


("Muerte de Narciso")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Jorge Luis Borges

"Una rosa y Milton"


De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas
Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,
Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado
Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.




Las plazas agravadas por la noche sin dueño
Son los patios profundos de un árido palacio
Y las calles unánimes que engendran el espacio
Son corredores de vago miedo y de sueño.

(La noche cíclica)



"El enamorado"

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lamparas y la linea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persepolis y Roma y que una arena
sutil midio la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Solo tu eres. Tu, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.



* * * * * * * * * * * * *

Pablo Neruda

Empujado por los designios de la tierra,
como una ola en el mar, hacia ti va mi cuerpo
y tú en tu carne encierras las pupilas sedientas
con que miraré cuando estos ojos que tengo
se me llenen de tierra.

("Amiga no te mueras")



Hemos perdido aun este crépusculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

("Poema 10")



Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

("Si tú me olvidas")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Nicolás Guillén

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
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mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco.

("Balada de los dos abuelos")


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