Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

miércoles, 5 de julio de 2017

La bailarina


Una noche de invierno de 1890, entre los muchos transeúntes que circulaban a lo largo de la 55 West Street de Nueva York, vagaba un hombre taciturno. Su negra corbata ondeaba en el viento que invadía la acera, mas el  frío lacerante no lograba distraerlo de sus pensamientos; sus ojos parecían no advertir el animoso juego de luces que hacía de Manhattan uno de los rincones más fabulosos del mundo, y parecían mirar hacia adentro, hacia el abismo insondable de su atribulado corazón. Al llegar a la altura de la sala de variedades Eden Museé, un insólito detalle llamó su atención; el pabellón español que desde principios de octubre de aquel mismo año, adornaba la entrada del teatro, había sido retirado. Para el hombre en cuestión, aquella bandera había sido una especie de barrera que semana tras semana, lo había hecho desistir de su intención de presenciar un espectáculo que prometía ser cuando menos inusual; aquella noche, sin embargo, por uno de esos azares que hacen del destino el más asombroso de los acertijos, la bandera había desaparecido y las puertas del teatro, abiertas de par en par, lo invitaban a entrar.
La estrella del programa, Carolina Otero, se había hecho en aquel entonces legendaria por su donaire y belleza; dejaba siempre a su paso una estela de pasión y asombro; muchas historias se tejían en torno a su persona; se decía que era el eje en torno al cual la vida parisina daba vueltas, que varios monarcas europeos se disputaban su corazón, que era la musa inconfundible de notables artistas.
El hombre triste que unos minutos antes titubeaba ante las puertas del teatro, ahora perdido entre la multitud de espectadores ansiosos que desbordaba la sala, vio venir desde el fondo de la escena la silueta diminuta y graciosa de una bella mujer; la vio girar sin prisa, despejando la penumbra con el golpe certero de sus blancas manos; sus ojos arrojaban destellos de obsidiana y una pícara sonrisa pugnaba entre sus labios.
Allí estaba en persona la legendaria Otero; algo dejaba entrever de su mítica fortuna en el brillo de las joyas que ceñían su frente, la neta curva de su cuello y el nácar de sus finas manos. Había entre aquellas joyas un collar que poco antes, engalanaba a Isabel de Baviera; otro había pertenecido a la emperatriz Eugenia y un tercero, de puros diamantes, velaba otrora el sueño de María Antonieta.
Nada de aquella fama y riqueza se presagiaba en los orígenes de esa enérgica mujer; en su Galicia natal, en la remota Valga de Pontevedra, donde vergüenza y dolor dieron cimiento a su destino. Allí hubo de enjugar con el polvo del camino sus lágrimas de niña violada, sin un varón siquiera en la familia, para oponer el filo de su navaja a tanto ultraje; allí tomo despechada la ruta de Portugal donde la vieron bailar por vez primera. Cada nueva actuación era un prodigio de belleza que la acercaba más y más a su anhelado sueño.
Desde Portugal viajó a Marsella, donde conocería a Ernest Jurgens, el empresario norteamericano que la hizo su amante y tomó entre sus manos las riendas de su carrera artística. Jurgens se encargó de que tomara clases de canto y baile con los mejores maestros de la época, se esmeró en depurar sus maneras y su vestuario; poco tiempo después la llevó del brazo al París de la Belle Époque donde habría de nacer en breve la más brillante estrella: La Bella Otero.
La Ciudad Luz le dio la bienvenida como a la más preciada de sus hijas. Allí hizo vibrar las tablas del Follies Bergère y del renombrado Cirque de Eté; Toulouse-Lautrec la hizo protagonista de una de sus mejores obras, un cartel al pastel que hoy figura en la colección del Museo de Albi; Gabriele D’Annunzio perdía toda noción de la realidad cada vez que la Bella Otero lo hacía objeto de sus caprichos.
Los hombres se desvivían por ella, pero en el corazón de Carolina, quebrado por el dolor de muchos desencantos, no había lugar para el amor. Nicolás II de Rusia, era capaz de abandonar su lujoso palacio y cruzar de incógnito media Europa solo para verla. No quedaban a la zaga en tan infructuosa  carrera, el emperador Guillermo II de Alemania, el barón de Ollstreder, favorito de Elizabeth de Austria, y Eduardo VII de Inglaterra. Jacques Payen se quitó la vida en el pabellón chino del Bois de Boulogne, después de proponer a la Bella Otero diez mil francos por el placer de una noche a su lado, cuando ella le respondió que no recibía limosnas.
Muchas fueron las víctimas de aquella desaforada pasión, incluido el propio Ernest Jurgens que tan benignamente influyó en su vida.
Quién podía suponer que de aquella asombrosa mujer pronto no quedaría ni el recuerdo; la vida se la llevó por caminos escabrosos y la hizo presa de un vicio que pronto dio buena cuenta de su precoz aunque inmensa fortuna en los lujosos casinos de Montecarlo.
La Bella Otero se despediría de la escena y se retiraría a vivir en una modesta habitación de los suburbios de Niza hasta la avanzada edad de 96 años. La gestión de un buen amigo le procuró una pensión con la cual pudo vivir sin carecer de nada.
En la vida de Carolina Otero se alternaron sin cesar luces y sombras, cada una de ellas bien valdría para justificar su lugar en la Historia, mas aquella noche de invierno en el Eden Museé, Carolina bailaba sin saber que había dejado de ser la mujer fatal en cuya indiferencia se rompieron tantos corazones para ser plenamente la mujer sensible y virtuosa, consagrada a su arte, aun cuando un solo hombre en aquella multitud fuera testigo de aquel prodigio y pudiera mirar en su corazón como solo un artista puede hacerlo. Aquel hombre triste, de negra corbata y alta frente, patriota insigne, poeta insuperable, halló en aquella escena neoyorkina, más que una mujer hermosa, el motivo de inspiración de uno de los versos más sublimes que jamás se hayan escrito en lengua castellana, el poema diez de los Versos Sencillos.

El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.

Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.

Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega;
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.

Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiera un sombrero!

Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.

Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.

Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.

Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.

Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.

Súbito, de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.

El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca;
Lentamente taconea.

Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...

Baila muy bien la española,
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca, a un rincón
El alma trémula y sola!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Link Within

Related Posts with Thumbnails

Mis raices

A donde van ahora mismo estos cuerpos que no puedo nunca dejar de alumbrar...

Silvio Rodriguez

Jose Marti

Subita de un salto arranca,
hurtase, se quiebra, gira;
abre en dos la cachemira,
ofrece la bata blanca.

("La bailarina española")



Yo vengo de todas partes
y hacia todas partes voy,
arte soy entre las artes
y en los montes, monte soy.

("Versos sencillos")



El amor, madre, a la patria,
no es el amor ridiculo a la tierra,
ni a la hierba que pisan nuestras plantas;
es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca...

("Abdala")


Mirame, madre, y por tu amor no llores.
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores.


(Carta a Leonor Pérez desde el presidio de Isla de Pinos
el 28 de agosto de 1870)

* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Jose Lezama Lima

Dánae teje el tiempo dorado por el 
Nilo 
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro
nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que
borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.
Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua
alfilereada?
.................................................... 
Así el espejo averiguó callado,
así Narciso en pleamar fugó sin alas.


("Muerte de Narciso")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Jorge Luis Borges

"Una rosa y Milton"


De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas
Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,
Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado
Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.




Las plazas agravadas por la noche sin dueño
Son los patios profundos de un árido palacio
Y las calles unánimes que engendran el espacio
Son corredores de vago miedo y de sueño.

(La noche cíclica)



"El enamorado"

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lamparas y la linea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persepolis y Roma y que una arena
sutil midio la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Solo tu eres. Tu, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.



* * * * * * * * * * * * *

Pablo Neruda

Empujado por los designios de la tierra,
como una ola en el mar, hacia ti va mi cuerpo
y tú en tu carne encierras las pupilas sedientas
con que miraré cuando estos ojos que tengo
se me llenen de tierra.

("Amiga no te mueras")



Hemos perdido aun este crépusculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

("Poema 10")



Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

("Si tú me olvidas")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Nicolás Guillén

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco.

("Balada de los dos abuelos")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * *