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jueves, 22 de enero de 2015

La oposición virtual



Entre los múltiples grupos que hoy en día pululan en las redes sociales y en particular en Facebook, algunos son notables por su originalidad, otros por su excentricismo, los terceros por su marcada ausencia de objetivos, mediocridad y mal gusto.
Pero hoy no voy a hablar de valores estéticos o calidad informativa, sino de un aspecto muy peculiar que es la desinformación. No me refiero a la desinformación que surge de nuestra falta de capacidad para valorar y trasmitir una noticia, la desinformación, pudiéramos decir, involuntaria; me refiero a la desinformación como instrumento, la desinformación provocada, previamente meditada, elaborada y finalmente, trasmitida por una persona o grupo que se plantea como objetivo básico la tarea de originar el caos y la confusión.
En ese sentido, quiero llamar la atención de mis compatriotas acerca de un grupo denominado 100,000 CUBANOS EN FACEBOOK. Lo primero que salta a la vista es el carácter absurdo de algunas noticias, su absoluta disociación con la realidad imperante en Cuba. Todos, sin excepción, tanto enemigos como partidarios del régimen cubano, se desgañitan defendiendo sus puntos de vista en absoluto carentes de base ideológica e incluso de sentido común y paulatinamente, van pasando a las burlas, las ofensas, la ridiculización del interlocutor, utilizando todas las técnicas que puedan dificultar un diálogo civilizado. 
En medio de esa vorágine las pocas voces dignas de consideración se pierden, se van ahogando hasta desaparecer o son apagadas a la fuerza, en el sentido literal, es decir, la persona reticente es bloqueada, se le niega, de facto, el derecho a opinar. 
Atraído por esa peculiaridad, me acerqué al post de alguien que se hace llamar Rosa Sánchez, que asegura ser natural de Cuba, residir felizmente en los Estados Unidos y llevar una vida tan desahogada que le permite estar la mayor parte del día “colgada” en internet y publicar diariamente cerca de una docena de posts. 
Lo más notable es que Rosa es agredida constante y despiadadamente por toda una pléyade de personas disímiles, de todas las nacionalidades, que no escatiman insultos a la hora de valorar su opinión. Como todo caballero, me apresuré en defender a la dama, argumentando que no es correcto discutir así con ninguna persona, cuanto menos si se trata de una mujer. Y en ese preciso momento saltó uno de los participantes en la discusión y me advirtió por medio de un cubanismo memorable:
- ¡Cuidado! No metas la mano en esa gaveta que tiene cucarachas.
A continuación me informan que la tal Rosa Sánchez es vulgar, que insulta a todo el mundo con regularidad, que su perfil es inventado, que detrás de su imagen no está la persona que ella pretende promover e incluso que se trata de un hombre.
Yo, por más que me esforzaba, no lograba ver nada de eso en aquella muchacha joven, delicada que, a fin de cuentas no estaba haciendo otra cosa que elogiar las bellezas de su hermosa patria, donde estuvo de vacaciones el año pasado.
Haciendo uso de toda mi ecuanimidad, con mucha urbanidad y tacto me dirigí a la presunta Rosa Sánchez con el fin de entablar diálogo y choqué con una barrera de indiferencia; insistí y me vi ante una respuesta evasiva, cargada de silogismos y argumentos endebles que me impulsaron a continuar mi debate, a oponerme, a presentar pruebas, siempre sin perder mi ecuanimidad y entonces me vi de repente rodeado por perros que primero me olisquearon con disimulado descaro y de inmediato pasaron a gruñir e incluso ladrar.
Me di cuenta de que Rosa Sánchez no estaba sola; tiene un grupo de apoyo cuya visible función es atrapar la atención del “intruso” para que no siga “importunando” y la técnica que utilizan para lograrlo es desorientar a su interlocutor ridiculizándolo.
Una vez formada esa primera impresión, comencé a buscar su confirmación leyendo las opiniones de los detractores de Rosa Sánchez, entre los cuales hay argentinos, venezolanos, colombianos… todos interesados vivamente en lo que está pasando en Cuba. Los cubanos del grupo, que son, lógicamente, la mayoría, residen todos en los Estados Unidos. 
Comencé a intercambiar impresiones con ese grupo y al cabo de un tiempo me asaltó la certeza de que ellos también están mintiendo. Desde luego, no hablo de todos; encontré allí a varias personas que no me dieron razones para dudar de su sinceridad; pero una buena cantidad y precisamente, aquellos que mostraron más vivo interés en mi persona, me provocaron la sensación de falsedad que trasmite un actor cuando ha olvidado de repente su papel y se ve en la obligación indeseable de improvisar.
Al tratar de recibir más información acerca de mis interlocutores, volví a chocar con un muro de silencio. Encontré perfiles privados, perfiles cerrados, caducos o dudosamente nuevos; fotos personales que parecían recortadas de un folleto turístico; escenas familiares que no guardaban relación visible con las historias que me acababan de referir.
Poco a poco fui encontrando en las historias, razonamientos, incluso en los nombres, mis propias ideas, las mismas palabras que acababa de utilizar hacía unos pocos minutos.
Y entonces alcancé a ver la inmensa magnitud de ese circo donde hay de todo: fieras, malabaristas, monos, payasos…
Y llegué a la conclusión elemental de que ninguna de esas personas vive en los Estados Unidos, ninguno de ellos es enemigo del régimen cubano y ninguno está en Facebook, como la mayoría de nosotros, matando el tiempo o relacionándose con sus amigos y familiares que viven lejos. 
Todo es un teatro muy bien montado desde la isla para crear una idea deformada y falsa de una emigración cubana que siente añoranza por su patria, que se arrepiente de sus “pecados” y ha comprendido, una vez en el exilio, toda la grandeza de la revolución cubana, su infinita bondad y aprecio por su pueblo, y la dimensión de la obra que han construido con tanto sacrificio, hostigados sin cesar por su vecino del norte.
Este amplio grupo de iluminados se ve constante e injustamente agredido, calumniado, humillado, et cétera, por un reducido grupo de apóstatas egoístas, de perversos degenerados que solo piensan en si mismos y no desean otra cosa que el mal de su pueblo.
¿Qué les parece?
Y entonces me hago la pregunta fundamental: ¿De qué sirve todo eso? 
¿Será posible que invertir tiempo y recursos en mantener a una banda de energúmenos espiando a sus compatriotas veinticuatro horas al día sea rentable?
La respuesta acude de inmediato. Toda esta patraña tiene la misma utilidad que tiene todo – absolutamente todo – cuanto se hace en la isla de Cuba desde el primero de enero de 1959: eternizar en el poder a la élite dominante.
A través de las redes sociales se manipula la opinión pública mostrando a una emigración cubana dividida, insegura, débil, movida por pasiones oscuras, miedos y pretensiones egoístas, a la cual no le interesa en lo más absoluto el futuro de la nación y por ende, carece de facultad para decidir su destino. Divide y vencerás.
¿Y qué pasará en Cuba después de Castro?
Lo mismo que ha venido sucediendo en todo el campo socialista desde principios de siglo. Los que ayer se autodenominaban comunistas renacerán de sus cenizas convertidos en demócratas, social demócratas, liberal demócratas o demócratas cristianos - la nomenclatura es, en verdad, interminable - y optarán por un escaño en el parlamento de la nueva república cubana; continuaran redactando sus leyes, tendrán derecho a presentar a su candidato a la presidencia, en una palabra, seguirán rigiendo el destino de nuestra nación.
¿Y qué pasará con la oposición cubana de hoy?
Otra respuesta elemental. Será nuevamente traicionada. Seguirá siendo la misma oposición ilegal que es hoy y difícilmente puedan optar por la presidencia de un país donde los medios de difusión masiva estarán en manos de aquellos demócratas y liberales que ayer se autodenominaban comunistas.
¿Es triste? Pues es eso precisamente lo que estamos construyendo hoy.
Y lo más triste es que nuestro poderoso vecino del norte cerrará los ojos a toda esa desfachatez, porque los intereses de Estados Unidos no prevén una Cuba feliz y próspera, sino tan solo una Cuba democrática; la existencia de esa Cuba, por paradójico que resulte la garantizarán las mismas personas que hoy defienden en Cuba la dictadura del proletariado.

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