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viernes, 9 de enero de 2015

Europa

Thomas Cole, "The course of Empire. Destruction"


Nuestro tiempo se distingue por la gran variedad y profusión de equipos electrónicos integrados a la vida de la inmensa mayoría de los habitantes de este mundo; una notable proporción de dichos equipos son diseñados con la intención de facilitar el acceso a la información de tal manera que prácticamente la totalidad de los ciudadanos de los denominados países civilizados pueden tener noticia de un hecho acaecido a miles de kilómetros de su lugar tan solo unos minutos después de que los mismos hayan sucedido.
Paradójicamente, el ciudadano de hoy no está mejor informado que el hombre del siglo XIX y la causa de tan escandalosa verdad es la abrumadora cantidad de versiones de una misma noticia que arriba a nuestros sentidos en una insignificante porción de tiempo y sobre todo, el sinnúmero de interpretaciones que solemos darles; algunas aparentemente lógicas, otras notablemente absurdas y todas, sin excepción, cargadas de todo el subjetivismo que pueda engendrar nuestro ego.
Hoy en día, los medios de difusión masiva de todo el orbe nos bombardean con imagenes directas de una Europa convulsa, xenófoba y fascistoide donde las masas exigen a voz en cuello el cambio radical de su política “a droite”; una Europa ansiosa de sacudir de su “modus vivendi” toda la tolerancia, cosmopolitismo y hospitalidad que la han caracterizado durante décadas.
El hombre sensible de cualquier parte del mundo se siente naturalmente movido a la nausea al ver a esos vividores perversos, a esos sibaritas ahítos y desalmados pugnando por la deportación de unos infelices emigrantes que no han hecho otra cosa que constuir con su esfuerzo el bienestar y la riqueza de sus opulentas sociedades...
Y es este el momento de acotar la opinión particular del autor de estas lineas: Que quienes estén de acuerdo con lo expuesto en el parrafo anterior, se habrán convertido de hecho en complices, difusores y a la vez, en victimas de una gran mentira; la misma mentira que la prensa de todo el mundo se empeña en hacernos creer cuando nos muestra una Europa decadente y agresiva, consumida por sus odios y miedos seculares.
La primera gran mentira consiste en declarar que han sido los emigrantes quienes mejor contribuyeron al florecimiento de las naciones europeas de hoy. La verdad es que los emigrantes de todo el mundo, salvo raras excepciones, vinieron en busca de buena vida, vinieron con la intención de vivir en la opulencia sin hacer el menor esfuerzo y sin detenerse a pensar que sin esfuerzo no se construye nada en este mundo. Cuando los primeros emigrantes arribaron a Londres, París o Madrid, procedentes de las antiguas colonias europeas, ya Europa estaba hecha, era la cima y el patrón de la cultura mundial en todos los aspectos y la emigración no tenía practicamente nada que aportarle.  
Las personas cultas y cívicas de todo el orbe aspiran a ver hoy una Europa tolerante sin tomar en consideración que Europa ya ha sido tolerante y no ha recibido a cambio nada más que escarnio y desprecio. Europa ha recibido a personas desposeidas de todo el mundo, les ha ofrecido un hogar, educación y trabajo, mas los descendientes de esas mismas personas que han estado arribando al viejo continente durante más de un siglo, han correspondido a la hospitalidad europea destruyendo la obra de sus padres y llamando esclavitud al trabajo que sus ancestros aceptaron con gratitud y realizaron con honestidad.
Para nadie es un secreto que los descendientes de los pueblos islámicos que, por haber nacido y crecido en los diversos paises del continente europeo, debían sentirse tan europeos como cualquier otro nativo son, en realidad, más fanáticos que sus propios padres. Os aseguro que los gobiernos europeos no gastan millones de euros anuales en programas de integración social para ver a Londres o París incendiadas por ordas de “explotados” y “desposeídos” que han recibido de sus anfitriones mucho más de lo que hubieran recibido de cualquier otra nación del mundo, incluidas sus naciones de origen.
Claro que no todos los musulmanes son iguales; en la raíz del islam encontramos los mismos principios humanitarios sobre los cuales se basa el cristianismo, no en vano Mahoma fue inspirado por el monje gnóstico Bahira, por eso hoy hablamos de musulmanes e islamistas, como si se tratara de dos religiones distintas; mas yo os aseguro que el día que Europa amanezca convertida en una gran República Islámica, el musulmán bendecirá al islamísta en el nombre de Alah y el terrorísta de ayer será considerado por todos como un héroe.
Europa no quiere ser enemiga del islam, Europa no quiere ir en contra de los principios que ha venido proclamando durante siglos; Europa solo quiere defender su derecho a seguir siendo Europa, a reconocer libremente la igualdad del hombre y la mujer ante la sociedad, a no permitir que un hombre sea discriminado por su orientación sexual o idelogía, ni menospreciado por honrar al Dios por la gloria del cual sus antepasados conquistaron estas tierras y dieron raíz a sus naciones en el nombre de Cristo.
Europa quiere seguir siendo cristiana, bohemia, humanista y librepensadora; y si llegara el día nefasto en que arribemos a Roma y en lugar de la Roma clásica, la Roma imperial o la Roma renacentista, encontremos una nación bárbara habitando entre las ruinas definitivamente abandonadas del Imperio Romano, ese día la humanidad habrá perdido más de la mitad de su Historia y casi la totalidad de su cultura.  

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