Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

domingo, 22 de febrero de 2009

Unidos en la oscuridad

La primera vez que la vi, Veronica Volkova vestia el kimono estampado de rosas azules que yo le había regalado el dia de su cumpleaños, en el tercer domingo de la primavera de 1982. Ella había descorrido de par en par las cortinas de la única ventana, para dejar que la brisa matutina peinara sus cabellos nevados de tiempo y sentada en la cabecera de su cama, miraba el sitio del jardín donde dos dias mas tarde se alzaría su tumba.
“Le roi des fleurs” era una pequeña villa de estilo barroco a doce kilometros de Aix-en-Provence. El esposo de Veronica, el doctor en Ciencias Naturales, Antoine Delacroix, la había hecho construir en medio de un extenso jardín botánico, en memoria de su idolo, el célebre naturalista suizo Carl Linneaus y aquella había pasado a ser la residencia de verano de los esposos Delacroix hasta la muerte de Antoine, acontecida en 1969 en la ruta Paris-Versailles.
Desde entonces, Veronica no había vuelto a visitar aquel lugar, que tenía la virtud de resucitar en su memoria tantos recuerdos agridulces y se conformó con cuidar de las flores que adornaban la terraza de su apartamento junto a la estación parisina de Saint Lazare.
Al presentir la proximidad de su muerte, Veronica comprendió que sus recuerdos no podían soportar el peso de tanta nostalgia, abrió la jaula que habia cobijado durante años a decenas de pajaros cantores y sin tomarse el tiempo de cerrar la puerta, salió de su casa y se fue, detrás del primer vuelo de sus aves, en pos de la estacion.
Desde la oficina de correos al pie del anden llegó un telegrama a mi puerta un día más tarde, yo lo tomé entre mis dedos temblorosos, puse cien rublos en la chaqueta del cartero, mi firma en la hoja que me extendía en su diestra y una sonrisa triste a cambio de la palabra gracias dicha en ruso con acento georgiano. Tomé mi sombrero gris de primavera, eche sobre mis hombros el sobretodo empapado de la última lluvia y dejé partir mis pasos rumbo al Neva.
Mirando sin fervor a las gaviotas que moteaban las aguas del puerto, esperé a que el viento disipara la última campanada bajo la cupula de la catedral de San Isaac y abrí el telegrama.

te espero en el rey de las flores... V.

En aquel justo instante, el verano a mis espaldas se trocó en invierno, el invierno más frio y terrible de San Peterstburgo. La ciudad se llamaba entonces Leningrado y había cumplido aquella noche los primeros seis meses de un bloqueo que habría de durar novecientos dias. Las calles eran un amasijo de sangre y escombros. Yo corría entre cadáveres de seres abatidos por el hambre, el frio y la tristeza tratando de salvar la apariencia de vida que animaba mi cuerpo desnutrido bajo el fuego incesante de la artilleria alemana.
De repente en mi camino se alzó la mole derruida de la escuela, yo recordaba sus aulas inundadas de sol y risas que bailaban sobre un mar de pañoletas rojas y recordaba más, recordaba los pasos diminutos del tio Fedor en el laberinto inabarcable del sotano bajo la biblioteca.
Un minuto más tarde yo escarbaba con las uñas la ceniza de los libros que jamás pude leer, tragando con el polvo helado la cal de las paredes que otrora abrigaron tantos sueños. En la fracción de tiempo en que mi conciencia dejaba escapar mi ultimo deseo de vivir, logré vislumbrar entre las ruinas una oquedad donde la escasa luz de la madrugada daba paso a una sombra más tenáz que la noche.
Dos metros más abajo, mi cuerpo se desplomó sobre las baldosas que cubrían el suelo de un recinto sumido en las tinieblas. Esperé sin exito a que mis ojos se adaptaran a la oscuridad, respirando a bocanadas el silencio mientras mis dedos palpaban los bajorelieves del suelo adivinando en ellos el dibujo, para mi familiar, de la sala de maquinas. Allí estaban el generador eléctrico y el calentador, ahora inutiles desde que la ciudad había agotado sus reservas de combustible, hacía ya dos meses.
Avanzando a tientas en la oscuridad mis manos rozaban las paredes que temblaban bajo el impacto de las bombas sobre la margen meridional del Neva. No puedo saber cuanto tiempo anduve a ciegas hasta que mis pasos se precipitaron en el vacio y mi cuerpo se desplomó rodando sobre los peldaños de una escalera. Al limite de mi caida recibí un duro golpe en la nuca y detrás de mi propia voz que maldecía, mientras mi mente se sumergía en la inconsciencia, alcance a escuchar el sonido de una voz que interrogaba entre sollozos, una voz tierna y dulce como el vuelo de un angel en las sombras.


Recuperé el sentido de repente, como un golpe de luz detrás de una cortina descorrida. Intenté levantarme y volví a golpearme la cabeza, esta vez en la frente. Maldije a gritos mi torpeza y entonces escuché el roce de unos pasos que se acercaban.
- ¿Quien anda ahí?
- No tenga miedo, no le haré daño – dijo una voz delicada, casi infantil -.
Mi sorpresa estaba lejos de semejarse al miedo. Pienso que al cabo de meses de morir lentamente, el miedo había terminado por abandonar mis impresiones y en su lugar había quedado algo indefinido y espontaneo, como el instinto de un lobo.
- ¿Quien eres?
- Me llamo Veronica. Vivo... mejor dicho... vivia en la calle Tsiolkovskovo a una cuadra del rio Fontanka.
- ¿Que haces aqui?
- Lo mismo que tú, me escondo. Mi padre era maestro en esta escuela antes de marchar al frente.
- ¿Como se llama tu padre?
- Alexander... Alexander Petrovish Volkov.
La imagen del profesor Volkov se abrió paso en mi memoria, con sus dedos cubiertos de tiza, el puntero terciado en el cinturon como una espada y el ato de libros de Marx debajo del brazo izquierdo. Impartía clases de filosofía a los alumnos de cursos superiores, aquellos cuyas aulas estaban en el tercer piso, no usaban pañoleta y fumaban mahorka en el baño en los recesos. Ellos adoraban a Alexander Petrovish y le temían cuando se acercaba la primavera y con ella los exámenes de fin de curso.
- ¿Cuanto hace que estás aquí?
- No sé... un día... quizás dos. Mi madre salió a la bodega a recoger la cuota mensual de pan y al llegar la noche no había regresado, mi hermano lloraba sin parar y yo me envolvi en la manta y salí a buscarla, entonces...
Veronica rompió a llorar. Yo extendí la mano hasta sentir el calor de sus mejillas bañadas en lagrimas, ella atrapó mi mano bruscamente y entonces sentí que estaba temblando.
- ¿Que te pasa? ¿Porqué tiemblas? No temas, no te haré daño.
- No tengo miedo. Es tan solo frio.
- Ven yo te abrigaré.
Veronica se aparto de un salto como un gato asustado.
- No seas tonta, ven, sientate a mi lado, si no moriremos de frio los dos.
Ella se fué acercando lentamente hasta que su hombro izquierdo se apoyó en mi pecho. Yo desabotoné mi abrigo y envolví su cuerpo menudo entre los anchos faldones. La sentía temblar entre mis brazos como un avecilla aterida y su aliento desembocaba en mi pecho como una bendición. Sus cabellos olian a tierra, pero aquella era la tierra cubierta de flores que ostentan los prados en la primavera.
- ¿Como te llamás? – preguntó ella-
- Serguei.
Veronica rompió a sollozar.
- ¿Que te pasa ahora?
- Me acorde de mamá... y de mi hermano.
- ¿Que ha sido de ellos?
- De mamá no sé, pero presiento que algo terrible ha sucedido. Mi hermano... – empezó decir, pero su voz se apago entre amargos sollozos -.
- ¿Que le pasó a tu hermano?
- Cuando salí... de casa... un proyectil... la derrumbó.
Unos minutos más tarde, Veronica dejó de llorar, como si se hubiera quedado sin lágrimas. De tiempo en tiempo un sollozo entrecortado disipaba el silencio. Yo acariciaba su cabeza tratando inutilmente de encontrar una palabra que pudiera servir de consuelo.
- No llores – le dije – yo estaré a tu lado.
Ella hizo silencio y alzó el rostro, buscando en las tinieblas mi mirada, mas todo aquello que alcanzabamos a ver era lo que podian revelarnos nuestras manos. Yo deslicé mis dedos sobre sus mejillas, sintiendo que el temor de asustarla me asfixiaba, pero contrariamente a mi recelo, ella puso su mano pequeña sobre mis parpados hastiados de penumbra y la dejo vagar lentamente sobre las lineas de mi rostro demacrado y áspero.
- ¿Cuantos años tienes? – pregunté -.
- Diecisiete.
- Eres una niña.
- ¿Y tú?
- Veintidos.
- ¡Vaya, si eres casi un abuelo!
Rompimos a reir con alegría insospechada. Yo la sostenía entre mis brazos con el mismo fervor con que nuestros ancestros guardaban el fuego. Ella dejaba deslizar sus dedos por mi rostro sin dejar de murmurar palabras que nunca antes habian tenido sentido, pero en su voz semejaban verdades eternas.
Así transcurrieron los minutos, tal vez horas, dias... el tiempo habia dejado de existir, el mundo tenía la dimension de sus brazos que rodeaban mis hombros y ambos girabamos en la oscuridad de un universo que no precisaba de estrellas.
Mis labios adivinaban la ruta de sus labios, sus besos tenian el sabor del té verde en las tardes de estío, el aroma del trigo recien segado, la humedad de la hierba cuajada de rocio cuando la noche escapa.
- Cuando termine la guerra, te llevaré a Crimea – susurré mientras besaba sus parpados aún llorosos.
- ¿A Crimea? – murmuró con su voz infantil llena de gozo –
- Si, mi abuelo tiene alli una casita junto al mar. En Yalta.
- ¿Crees que la guerra termine algún día?
- No hay mal que dure cien años.
Veronica me abrazó con fuerza y comenzó a cantar en voz baja:

Una vez más junto a ti andaré sobre la arena
Por la ribera dorada que bañan las tibias aguas,
La pureza cristalina de las olas nos regaló la felicidad.
Mar Negro, perla del sur, ansiado abismo azul.

La cadencia llana de su voz me arrullaba y mi mente aturdida se abandonó al sueño. Soñé que Veronica recogía caracoles en la playa, las olas lamían la arena a sus pies y el viento agitaba sus cabellos dispersos. Yo escuchaba su voz que me gritaba: - Serguei, mira cuantos caracoles, cuantos... Como estrellas en el cielo. Yo corría sin cesar tratando de alcanzarla, pero ella cada vez aparecia más lejos y su voz comenzaba a borrarse en el viento, al igual que su rostro que yo no alcanzaba a ver porque la luz del sol me cegaba...

Una fuerte sacudida me arrancó del sueño. La luz de una linterna se derramaba sobre mis ojos obligandome a entornar los parpados. Dos manos se aferraron a mis hombros como tenazas y me obligaron a ponerme en pie, luego sentí que me empujaban hacia la salida a través de la estancia que a la luz de la linterna lucía inmensa. Mis ojos buscaban sin cesar a Veronica, pero no quedaba rastro de ella.
Todo sucedió con rapidez vertiginosa. Me vi de repente sentado en el piso de un furgón atestado de soldados y algunos civiles. Todos hacian silencio, de vez en cuando pasaba de mano en mano un cigarrillo, cada rostro era una sombra donde brillaba debilmente una mirada desposeida de esperanza. Muy pocos tenian armas y ninguno parecia tener fuerzas para empuñarlas. Un sargento nervudo se había parado en la cabecera del camion e impartia instrucciones con voz de trueno, mientras mis ojos veían perderse en la distancia la calle desierta donde alguna vez estuvo la escuela.


La primavera nos alcanzó en la ribera del Báltico, la aviación alemana no nos daba una tregua, mis jornadas perdieron la secuencia de los dias y las noches disueltas en una porción interminable de tiempo llamada guerra.
Cuando terminó el sitio a Leningrado, mi escuadra fue trasladada al frente occidental, alli vi caer uno tras otro los bastiones enemigos, cada batalla era un paso que nos acercaba a las puertas de Berlín, la odiada ciudad donde poco después se alzaría un muro más tenáz que la guerra. Para cada cual la victoria era el sueño más ansiado. Mi sueño era regresar a Leningrado, mi sueño tenía un dulce nombre de mujer, solo ese sueño me hacia comprender porque tantas balas ignoraron mi pecho.


El 14 de Mayo de 1945 mis botas golpearon el cemento en el anden de la estación Moskovskiy de Leningrado. Un segundo después corría con todas mis fuerzas por la Avenida Nevski rumbo al rio Fontanka. Al llegar junto al Jardín de Verano, doblé a la izquierda en la calle Tsiolkovskovo, con tanto impetu que casi derribé a mi paso a un anciano diminuto que transitaba por la acera con una sonrisa en los labios.
- Perdone abuelo – murmuré contrariado.
- ¿Que te perdone? Hijo, dejame darte un abrazo. Hemos vencido. ¡Victoria! ¡Victoria! – gritaba-
Yo lo abracé brevemente y le pregunté:
- No sabe, abuelo, donde está el registro civil.
- ¿El registro civil? Allí en la otra cuadra. ¿Que buscas alli?
- Necesito averiguar el paradero de una muchacha que vivía en esta misma cuadra antes de la guerra. Se llama Veronica, su padre era profesor de filosofia en...
El viejo me puso su mano huesuda sobre los labios.
- ¿El profesor Volkov?
- El mismo – exclamé sintiendo que el corazón se me salía del pecho -.
- Calla, hijo, no menciones ese nombre – dijo el viejo bajando la voz, mientras fruncia el ceño.
- ¿Porqué?
El viejo miro hacia ambos lados de la calle y viendo que no había nadie me dijo:
- Es un traidor. Se fue a vivir a occidente. A Francia.
Y sin decir una palabra más echo a andar rumbo al Fontanka tan rapido como se lo permitía su avanzada edad.
-¿Y la muchacha, abuelo?
- Se fueron juntos – dijo el viejo sin detenerse y su silueta se perdió detrás de la esquina.

En la primavera de 1951, me gradué de la Facultad de Psicología de la Universidad de Leningrado y dos años más tarde defendí el doctorado en Ciencias Sociales. Todo mi esmero no tuvo la virtud de garantizarme la brillante carrera que tanto me habían prometido mis antiguos profesores. La raíz de mi fracaso se escondía en una mal disimulada pasión por Occidente, en defensa de la cual yo no hubiera podido pronunciar una sola palabra sabiendo de antemano que jamás sería comprendido. Nadie hubiera sido capáz de entender que el amor fuera una razón suficiente para vivir soñando con un viaje a París.
Yo había aprendido el francés mucho antes de acabar la licenciatura y me las arreglaba para conseguir, con mucho trabajo y no menos riesgo, los originales de la obra de Victor Hugo, Maupassant, Flaubert y otros clásicos de la literatura francesa cuya lectura era en nuestra sociedad no mucho menos sensurable que el hecho de leer, por ejemplo, “Mein Kampf” de Adolfo Hitler.
Entre otras lenguas, yo conocia ademas el inglés y había estudiado con ahínco el latín, tan neciamente excluido de nuestro sistema de educación superior.
Durante los largos años de la Guerra Fria, el instituto en el cual yo trabajaba recibió con cierta regularidad la visita de especialistas extranjeros, declarados amigos del régimen soviético que, maravillados de mi talento y mi dominio de las lenguas, no demoraban en extenderme la invitación de visitar sus países, pero aquello, lejos de procurarme la aprobación de mis superiores, terminaba por convertirse en un argumento más para no dejar asomar mis narices más allá del muro de Berlín.
Asi pasaron los años hasta el dia en que al abrir la puerta de mi apartamento sentí el ruido de unos pasos que se aproximaban en la semipenumbra del pasillo. Di media vuelta y vi, detenido a dos pasos de mi, a un hombre joven de porte elegante, vestido con un claro traje de verano.
Me saludó en perfecto francés, me preguntó si yo era el doctor Serguei Aleshin y al recibir una respuesta afirmativa puso en mis manos un pesado sobre lacrado de color azul e inclinando la cabeza, dió media vuelta y se marchó. En medio de mi asombro solo alcancé a decir gracias, en voz tan baja que apenas yo mismo pude oirlo.
Una vez cerrada tras de mi la puerta, me dispuse a estudiar el sobre sin poder adivinar de que se trataba. A juzgar por la dirección que aparecia en el dorso, la carta habia sido sellada en París y enviada por una persona llamada Madame V. Delacroix, de la cual no había oido hablar nunca en mi vida. Rompí el sello con el indice de mi mano derecha y un instante después caí de rodillas invadido de estupor.
El sobre contenía una carta de Veronica, una carta llena de lágrimas y risas, de una vida entera contada en dos minutos, entre petalos de rosas y fotografias llenas de luz.
Entre los multiples objetos que llenaban el sobre reposaba un botón. Yo lo tome entre mis dedos, sintiendo que el llanto contenido tantos años se derramaba en torrente sobre mis mejillas. Era un botón de mi abrigo, de aquel mismo abrigo que cobijó una noche nuestros cuerpos.



Así se fue nuestra vida, contando a retazos los años marchitos, unidos en la oscuridad de aquella noche que tuvo la virtud de trascender los tiempos hasta llegar a parecer eterna.
Querida Veronica, el dia en que recibi tu telegrama, supe que todo había terminado. La muerte, tantas veces burlada con amor, vino a visitar tu soledad. Yo solo tenía el consuelo de estar a tu lado, en el último minuto, en el umbral de aquella nueva oscuridad.
Aquella tarde esperé hasta que todo el personal del instituto se marchara. Entré al gabinete del director y le conté nuestra historia, le mostré tus cartas, tus fotos... como sabía que la palabra amor no le diría nada puse en su mano las llaves de mi apartamento. Le dije:
- Toma. Yo se que tu siempre has querido vivir junto al Neva. Puedes mudarte esta misma noche. Aqui tienes una carta firmada por un notario donde yo te hago propietario de todo cuanto tengo. Nada de cuanto yo haga será responsabilidad tuya, en alguna gaveta de tu buró encontrarás una docena de invitaciones dirigidas a mi persona, tu tienes potestad para firmar una autorización. Yo nunca te he pedido nada, hoy tan solo te pido que me abras la puerta y me digas adios.

Este viaje me pareció interminable, pensé que nunca llegaría a mi destino, pero esta noche tengo el privilegio de abrazarte y decirte que nunca te he olvidado, que tu siempre fuiste la única razón de mi existencia.

1 comentario:

  1. ...te agradezco profundamente esta hermosa oportunidad de leerte.

    Lo hice como por instinto, deteniéndome no solo en los puntos y en las comas. Me detuve, además, para alargar un final que no quería.

    Estoy conmovida.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Link Within

Related Posts with Thumbnails

Mis raices

A donde van ahora mismo estos cuerpos que no puedo nunca dejar de alumbrar...

Silvio Rodriguez

Jose Marti

Subita de un salto arranca,
hurtase, se quiebra, gira;
abre en dos la cachemira,
ofrece la bata blanca.

("La bailarina española")



Yo vengo de todas partes
y hacia todas partes voy,
arte soy entre las artes
y en los montes, monte soy.

("Versos sencillos")



El amor, madre, a la patria,
no es el amor ridiculo a la tierra,
ni a la hierba que pisan nuestras plantas;
es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca...

("Abdala")


Mirame, madre, y por tu amor no llores.
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores.


(Carta a Leonor Pérez desde el presidio de Isla de Pinos
el 28 de agosto de 1870)

* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Jose Lezama Lima

Dánae teje el tiempo dorado por el 
Nilo 
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro
nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que
borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.
Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua
alfilereada?
.................................................... 
Así el espejo averiguó callado,
así Narciso en pleamar fugó sin alas.


("Muerte de Narciso")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Jorge Luis Borges

"Una rosa y Milton"


De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas
Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,
Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado
Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.




Las plazas agravadas por la noche sin dueño
Son los patios profundos de un árido palacio
Y las calles unánimes que engendran el espacio
Son corredores de vago miedo y de sueño.

(La noche cíclica)



"El enamorado"

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lamparas y la linea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persepolis y Roma y que una arena
sutil midio la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Solo tu eres. Tu, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.



* * * * * * * * * * * * *

Pablo Neruda

Empujado por los designios de la tierra,
como una ola en el mar, hacia ti va mi cuerpo
y tú en tu carne encierras las pupilas sedientas
con que miraré cuando estos ojos que tengo
se me llenen de tierra.

("Amiga no te mueras")



Hemos perdido aun este crépusculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

("Poema 10")



Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

("Si tú me olvidas")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Nicolás Guillén

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco.

("Balada de los dos abuelos")


* * * * * * * * * * * * * * * * * * *